Pájaros en el ático

Por Juanita Porras

Hace muy poco germinó en mí la sensación de que ciertas películas y ciertas lecturas eran un hogar. Más aún, empecé a sentir –si es que de verdad hay un comienzo para lo que una siente– que quería vivir de manera repetitiva en un diálogo, en una composición fotográfica, en un interludio musical. De manera repetitiva, sí, y sin variaciones de mi parte, y no porque fuera bueno y, por tanto, bello; sino porque era sincero (y, por tanto, bello) aun cuando trágico. Así, de esa manera etérea en que se podría vivir en un diálogo, es como me he visto viviendo en la casa de Clarisa y Lino, en las palabras del Lotario de El oído absoluto; es como una figura sin cuerpo, quizá como un objeto o como una diosa, que me he visto en el mundo de Joan Castleman (Glenn Close), a la sombra de su esposo en La buena esposa (The Wife, Björn Runge, 2018), en el de Tony (Emmanuelle Bercot), arrostrando la vida en Mi amor (Mon Roi, Maïwenn, 2015) y en el de Salvador Mallo (Antonio Banderas), viviendo un pasado recordado en Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019). El cine se me ha aparecido en esos momentos como un hogar que, a la vez, ha hecho más tibio este cuerpo y estos pensamientos que me habitan. Pero también ha habido otras ocasiones. Unas en las que no me he sentido en casa, en las que he querido huir, ya como un cuerpo, como un personaje, y llevarme a los demás para que no sufran la fatalidad. 

Hace mucho que he querido escribir sobre Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963). He querido escribir sobre esa vez, la que me hizo sentir pavor de principio a fin. Los picotazos salvajes de gaviotas, cuervos, canarios y toda una serie de especies unidas que asedian a los humanos de Bodega Bay me habían parecido ridículos en un primer encuentro; pero en una segunda visita, los pájaros tenían frente a mí otro cariz y una intención que ya no era absurda. Eran esa ráfaga de viento que irrumpe por los vidrios rotos en una casa asediada por dentro. Los pájaros anuncian la fatalidad: Melanie, la protagonista, no podrá volver a casa. 

Esta película cuenta la historia de Melanie, una mujer adinerada que viaja a Bodega Bay tras Mitch Brenner, un atractivo abogado que dedica los fines de semana a visitar la casa familiar, donde le esperan su madre y su hermana. Para desgracia de Melanie un ataque masivo de pájaros la obligará a permanecer en Bodega Bay junto con los Brenner. Lo realmente terrorífico no es la posibilidad de que las aves alguna vez se vuelvan en nuestra contra, sino lo que implica la fuerza de aquellos animales en Melanie. Los pájaros, con sus graznidos y ataques, representan la agencia perdida, el no tener control sobre lo que sucede, el no poder salir de Bodega Bay y volver a casa. Ese no poder está marcado por un deseo, de alguna manera es una imposibilidad deseada. Es el deseo lo que conduce a Melanie a Bodega Bay y la fuerza de su deseo, esa angustia que le produce lo que desea, está en los pájaros, que atacan a Mitch, a su hermana, a su madre y a ella misma. 

La fatalidad de no tener control ni agencia ante lo que se desea se anuncia desde que Melanie conoce a Annie, la profesora del pueblo. Ella es el espejo: una citadina que también llegó a Bodega por Mitch en una visita de fin de semana. Y así como Annie, en el pueblo hay otra reflexión especular: Bodega Bay parece un pueblo fantasma y su inercia es castigada por los pájaros. Melanie es desde el principio un agente que mueve la trama por medio de lo que desea, pero su poder de acción se debilita de forma progresiva. Es la ironía del deseo: lo que la convierte en agente también la despoja de toda agencia y termina por convertirla en otro espectro, más aún, en una muerta viviente. 

Esa incomodidad que me ocasiona ver a Melanie sucumbir ante sí misma me hace pensar en que la tibieza del hogar está también en este cuerpo del que me siento agente y en ese volumen de pensamientos de los que no temo aun cuando desconozco. Un hogar es un corazón de fuego, que matiza las tinieblas, más no las disuelve. En el hogar se comprende que las sombras están y hacen más fulgurante la luz y más vivo el calor. La reflexión total del sol en la casa o de la luz artificial que no deja manchas en los resquicios no es más que un exceso: nadie puede vivir a plena luz. 

En toda casa está lo desconocido, tal como si por el sofoque de la tibieza se abrieran las ventanas para que entraran ráfagas de aire en la noche. ¿Puede una, como Melanie, no sentirse en casa en su propia casa, en esa casa que no solo es el espacio compartido por otros cuerpos sino por el propio cuerpo y los propios pensamientos? Más aún, ¿puede el cuerpo propio ser una casa y un hogar con cobijo suficiente? Creo que sí. Cada una tendrá que recordar cuáles son sus pájaros en el ático o cuál es ese animal que se esconde en los cuartos secretos de esta casa, que quizá frecuentemos en sueños o en el insomnio y que nos recuerda que la tibieza siempre está comprometida, que no hay más seguridad que el cambio.  Pero al entrar en ese cuarto habrá que recordar que en ese cambio, que en nuestros pájaros, también puede haber familiaridad y agencia si comprendemos que no es más que una oportunidad de conocernos y que somos nosotras los pilares que sostienen esta casa.

¿Quién eres?, nos pregunta a todas la señora fantasma de Bodega Bay.  

Ya que estás aquí, date una vuelta por este texto: Liz Medrano y el diseño de producción: el trabajo de materializar mundos.

Juanita Porras. Es periodista cultural independiente y creadora de Todos los viajes se hacen en barca. Estudia el máster en Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia y dirige Bitácora correctores.

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