Mi geografía en el cine

Por Arantxa Luna

Mi geografía es importante. Hasta hace poco comencé a decirlo en voz alta. Comenzar a situar mi pensamiento de esta manera ha reconfigurado la manera en cómo me percibo. ¿Quién soy? Me llamo Arantxa y soy del Estado de México, una entidad profundamente desigual, violenta, impune y que asesina a las mujeres que la habitan.


Ser consciente de que vivo en un estado feminicida es doloroso. Donde crecí, donde jugué, donde escalé árboles, donde reí y lloré por primera vez… es amoroso y peligroso por igual. ¿Es posible llamarle hogar? ¿Nuestras raíces se niegan por la violencia que las rodea? Seguramente en este punto se deben preguntar qué tiene que ver todo esto con el cine: yo digo que mucho. Insisto: mi geografía es importante. Después de muchos años abracé la idea de que el Estado de México y los municipios que me vieron crecer formaron muchas cosas en mí, incluido mi acercamiento al cine. Mi hogar está más allá de los límites de cuatro paredes. Mi hogar es mi geografía.


Mi primera visita al cine fue en un cine Lumiere en el centro de Texcoco, tenía 12 años y vi Un amor para recordar (A Walk to Remember, 2002), de Adam Shankman. Recuerdo que salí con unas ganas inmensas de encontrar en mi vida a un Landon Carter (sí, maldito amor romántico) que, evidentemente, jamás apareció entre mis bullies de la secundaria. Poco tiempo después, la llegada de un reproductor (usado) de VHS a mi casa significó un triunfo. Cada quince días o cada mes viajábamos al centro de Texcoco a comprar una película (muchas veces dividida en dos cassettes). Mis mayores tesoros obtenidos con el aguinaldo de mi mamá fueron Antz: Hormiguitaz (Antz, Dreamworks, 1998) y Rugrats: La película (The Rugrats Movie, Nickelodeon, 1998). Cuando el ambulantaje fue prohibido en Texcoco y ya no supimos de nuestro vendedor de confianza, le rogué a mi mamá rentar en Blockbuster. Tardé un tiempo en convencerla y hasta ahora entiendo el porqué: la sucursal más cercana estaba en los Reyes, la Paz, a 40 minutos de mi casa y llegar ahí era más caro que ir a Texcoco. Al final lo logré y una parte de mi secundaria estuvo marcada por esos trayectos en combi (siempre acompañada de mi hermana). Si quería una película, tenía que ahorrar y viajar antes de las 6 p.m.


Ese emblemático reproductor Philips me dejó conocer, por ejemplo, Lo que el viento se llevó (Gone With The Wind, 1939), de Victor Fleming, e Iris (2004), de Rosa Vergés. Sustituí la tragedia de la vida real por el dolor de la ficción. Luego llegó la prepa, la universidad y cuando la violencia desbordaba los muros de mi casa, tuve que huir a un lugar más seguro. Mi hermana, esa hermana que me acompañó por películas, me recibió en Tecámac. Una gran ciudad dormitorio, con casas y departamentos minúsculos e iguales, y poquísimos espacios verdes. En esa época ya tenía mi propia computadora, la carrera me exigía leer y fue entonces cuando dimensioné la violencia feminicida. Conocí los casos de Diana Angélica y de Bianca Edith, vecinas mías, niñas desaparecidas y asesinadas en mi propia ciudad dormitorio. Mis hermanas y yo estábamos asustadas. Comenzamos a salir sólo para lo esencial. Mi computadora se convirtió en mi sala de cine. “¿Ponerme en riesgo o ver una película?”.

Ahora puedo decir que la violencia y el centralismo (por ejemplo: de Tecámac a la Cineteca Nacional en la Ciudad de México son dos horas en transporte público) coartaron de distintas maneras mi relación con el cine. ¿Entrar a una función después de las 8 p.m.? ¡Ni pensarlo! ¿Ir al Cinemex de la Macroplaza? Jamás, ahí desapareció Bianca Edith. En los días que me sentía más valiente y sin el cansancio del trabajo entre semana, iba a Cineteca Nacional; en una de esas de visitas, ya de regreso en el Metro rumbo a Indios Verdes, me invadió un pensamiento: “Bueno, si me matan hoy eso quiere decir que la última película que vi fue Submarino…”. Ponerlo en palabras, justo en este momento, en este texto, me sobrepasa. En aquel entonces, pensar y tratar de reflexionar sobre todo eso me hacía sentir como una mujer exagerada. ¿Esto tiene que ver con el cine? ¿Esto importa?


Cuando terminé la universidad decidí que mi vida profesional sería alrededor del cine. No hace falta describir el clasismo, el racismo y la misoginia en esta industria que se construye desde la blanquitud. Además de ser mujer, me sentía doblemente vulnerable: porque era la mujer morena, egresada de una escuela pública y que, para terminar de joderla, vivía re lejos. Durante mucho tiempo oculté que vivía en el Estado de México, y cuando lo dije, al festival en donde trabajaba en ese momento no le interesó, así que seguí llevando mi computadora personal hasta la colonia Roma. ¿Asaltos? Uy, zona gris porque es fuera del horario laboral. Por ¿fortuna? en esos asaltos nunca se llevaron mi mochila, pero sí mi tranquilidad.


Me costó más de veinte años comprender que el lugar de donde venimos, sea cual sea, es un lugar digno. Ahora ya digo abiertamente que crecí y viví ahí, que soy mexiquense, que mis calles se pavimentaron hace menos de diez años, que no pude estudiar bien inglés y que me gusta el cine.


Como espectadora y creadora estoy atravesada por mi historia. ¿Podemos hablar de cine sin nombrar de dónde venimos? Yo creo que no. El Estado de México es un territorio que atravieso y que me atraviesa. Mis historias, las que ahora escribo como guionista, son de ahí. Es ese lugar al que siempre regresaré. Hace falta que nos nombren en el cine sin la mirada condescendiente. Estoy situada. Cuando estaba enojaba, me decía para convencerme: “¿Por qué tenemos que renunciar a nuestros derechos básicos de acceso a la cultura? Quiero trabajar en lo que me gusta. El pinche gobierno priista en el Estado de México no va a arruinar más cosas de mi vida. Ya dije.”

En el transporte, en esas visitas al cine, me asaltaron, me tocaron, me insultaron, una vez me pasearon en una combi porque me quedé dormida. Hace tres años, después de tanto, tuve que mudarme a la Ciudad de México. Estudiaba en el sur, salía a las 10 p.m. y llegaba a la medianoche a Tecámac a trabajar y a hacer tarea. Yo pude irme, pero sé que muchas otras mujeres no.


No quiero que ninguna pase por lo mismo, así que si tú, morra fan del cine, alguna vez quieres ver una película, pero eso implica llegar tarde a tu casa, no te preocupes, puedes quedarte en la mía. Mis dos perritas y mi gatito te recibirán con mucho cariño. Éste también puede ser tu hogar.

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Arantxa Luna (Estado de México, 1990). Guionista y crítica de cine.
Escribo historias para conocerme. Desmonto imágenes para dudar.
Estudio sobre feminicidios y desaparición forzada.
La luz de mi vida son Guilhem, Dominga, Capu y Membrillo.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Cristina Colunga dice:

    Qué hermosa crónica. Qué fuerte «Si hoy me matan» alguna vez lo pensé, que triste que las mujeres pensemos eso y a ningún político le importe. Gracias por tu texto.

  2. Mariana R dice:

    Wow Arantxa, creo que jamás había sentido tan acuerpada una opinión del código postal de una. Me identifico mucho contigo y a veces me da coraje, otras tristeza, y otras resignación el privilegio de la centralización. Te abrazo mucho y gracias. Resistimos desde acá, desde el Estado.

  3. albertouch dice:

    Qué lindo texto, qué indispensable reflexión. Me identifiqué demasiado, como en las idas nocturnas a la Cineteca o en los viajes a Los reyes, pero que, en mi caso, eran para ir al cinemex que está ahí.

  4. Yo también soy morra que vive en una ciudad dormitorio (Coacalco). Desafortunadamente, comparto ese pensamiento que relatas sobre la última película que voy a ver. Gracias Arantxa por compartir tu experiencia.

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