La pantalla fría del desafecto y un reencuentro

Por Sharely Cuellar

¿Alguna vez te sentiste incapaz de emocionarte por lo que más te llenaba en el mundo? Ese mundo se enferma mientras te quedas en casa. La retrospectiva al cine de Chantal Akerman la viste sola en una sala de cine cuando todo parecía normal, y ahora estás sola en tu propia sala frente a una computadora mientras sucede una pandemia. El hogar nos transforma, nos atemoriza, nos protege y nos rompe. Hace frío, hace tristeza y tú sin ganas de confrontarte.

Días antes del encierro hubo una despedida de la pantalla grande, sabías que podía ser la última vez en un par de meses, o al menos era el tiempo que se estimaba. Deseabas tanto contarle tu punto de vista de función en función a alguien que ya no estaba. Esa otra despedida. Extraño; el sentimiento, el anhelo, la situación, la distancia autoimpuesta, el confinamiento.

Durante cinco meses la sala se convirtió en oficina, comedor, sala de juntas, mesa de discusiones, escenario de festejos virtuales de cumpleaños, reuniones familiares y crisis de ansiedad. Vivir a través de una pantalla exige demasiado. Cuando apenas llevabas dos meses era insostenible la necesidad de abrazar y sentirte abrazada. Y otra vez lloras sin que nadie lo sepa, sin que nadie te
consuele.

Las jornadas de trabajo terminan en un imaginario horario laboral que realmente no alcanza mientras los pendientes se acumulan. Intentas ver tu primera película del mes, es un título conocido para ti: No quiero dormir sola (Natalia Beristain, 2012). Otra vez todo se rompe y no hay tiempo de recoger los destrozos, el mundo productivo te espera. Viene una oportunidad valiosa, no lo arruines siendo tú. Respira. Todo está bien. Tu madre te mira a la distancia, sonríe.

Otra dosis de crisis de ansiedad. Respira. Al terminar el trabajo solo quieres cenar y dormir, repetir el ciclo un día a la vez y dormir, finalmente dormir. A veces llega el enojo, la frustración y la tristeza, y ya… no hay más. ¿Qué estás viendo en la pantalla? No logras sentir nada, ¿realmente importa?

Las personas hablan y mencionan películas fascinantes con las que no logras conectar. Qué pena que tu pasión más grande se esfume, el tiempo se reduzca y tú sigas mirando tu reflejo en una pantalla negra. ¿Sería igual si estuvieras en una sala de cine? Extrañas tanto estar en una sala de cine y escuchar las reacciones de los demás o los comentarios al salir de la función; extrañas sentarte en el pasto a repasar tus notas como cuando apartarte del mundo era tu decisión y no una obligación.

Después de cuatro meses de encierro sales un fin de semana. Todas las precauciones posibles son pocas y limpias cada cosa al menos dos o tres veces. Aún no hay abrazos ni besos, pero luego de escuchar los vinilos que recuerdas de tu infancia conectas otra vez. Lloras y ya no logras recordar a quién abrazaste por última vez pero te aferras a esa sensación: estar rodeada de cariño y sentirte tranquila. Cierras la noche viendo Honey Boy (Alma Har’el, 2019), acompañada, y otra vez quieres llorar. ¡Volviste! Disfrutas la sensación de sentir las imágenes, qué valiosa la capacidad de emocionarte y reflexionar en tu propio proceso.

Finalmente te encuentras. Regresó el hambre por ver más, y conocer más, y leer más, y platicar más, y crear más, y sentir más, y extrañar menos. Volverás a la sala, volverás a sentir el viento en el rostro y también te volverán a abrazar. Con suerte, la próxima vez que llores será porque no pudiste contener tu sentir por alguna película y en ocasiones contarás con alguien que te pueda consolar o llore contigo. Entiendes que el hogar es donde puedes estar en paz contigo.

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Sharely Cuellar (1994). Crítica de cine y periodista. Entusiasta del aprendizaje y el reaprendizaje. Vive en soliloquios e intercambios de ideas sobre cine, feminismos, clases sociales y política.  

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