Lejano interior

Por Karina Solórzano

Por azar, las películas de Mariano Llinás han sido mis buenas compañeras durante la cuarentena. Al inicio del encierro escribí una crítica sobre La flor (2018). De ella me sorprendió la manera en la que Llinás fabula. Recuerdo en especial el episodio en el que las cuatro mujeres protagonistas (las maravillosas Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes) nos muestran cómo llegaron a convertirse en espías y por qué están en esa peculiar situación: hay un científico secuestrado y ellas esperan el amanecer en alguna parte de Argentina en lo que parece ser una trampa y su último día de vida. Una voz en off (a veces la del propio Llinás, a veces la de su hermana Verónica) narra sus historias: de París a Rusia, pasando por Colombia, hay entrenamientos militares, trabajos clandestinos, oficinas llenas de expedientes y un romance que parece que nunca se concreta. 

Llinás, en el momento en el que escribí la crítica, me parecía una suerte de Scheherazade hilando sin descanso maravillosas historias como en Las mil y una noches. Ahora me recuerda más a los cuentos de la Antología de la literatura fantástica editada por Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Sus películas me hacen pensar en ese tipo de ficción, la ficción que construye otro mundo que nos produce extrañeza, la misma que nos hace pensar que los objetos cotidianos en un momento confabularán en nuestra contra porque todo este tiempo han simulado ser otra cosa. El cine de Llinás parece estar hecho de la misma materia con la que se tejen todos los grandes relatos: dirige películas, pero bien podría escribir novelas o poesía… y creo que, de hecho, lo hace. 

Lejano interior (2020) es un mediometraje que el director grabó durante su encierro compartido con su esposa, Laura Paredes, y su hijo. En julio la página de la productora El Pampero Cine lo liberó; para entonces los objetos de la casa con sus rutinas ya eran, para muchos, esos compañeros habituales de los que él, en la película, de repente comienza a sospechar. Hay poemas a propósito de varios objetos: los libros, un cohete, botellas, un candelabro… huéspedes permanentes. Estos poemas me hacen querer volver a los libros, me recuerdan a los de mi infancia; en esa época leía unos libros japoneses ilustrados que me parecían una especie de mundo alterno en el que podía encontrar aventuras e intrigas, ésas que no encontraba en el día a día. 

El Pampero Cine

Me parece que hay mucho de ese espíritu creativo característico de la infancia en Lejano interior; en la película está presente esa mirada infantil bajo la que un objeto puede convertirse en otra cosa. Para mí una almohada era una balsa cuando jugaba a ser Pocahontas, para Llinás un librero son las calles de una ciudad que se parece a Nueva York. He pensado mucho en lo doméstico en esta cuarentena, pienso cómo el espacio de la casa parece adherirse a ese «exterior» (muy lejano todavía), como si la vida de lo público jamás pudiera desligarse de nuevo de la vida de lo privado. Si mañana regreso a la oficina, por ejemplo, mis compañeras y compañeros entenderán a qué me refiero cuando digo que me cansé de lavar los trastes porque será una experiencia compartida y eso me hace pensar que fui muy ingenua antes al creer que la ficción hablaba de un mundo separado de la realidad (de ese interior que habitamos). 

Este tratamiento con la ficción me hace recordar también que toda experiencia es susceptible de crear relatos que pueden instalarse en el mismo orden de lo onírico o de lo fantástico y en los que, por alguna relación extraordinaria con las imágenes o las palabras, podemos descubrir que mirar a través de una ventana durante un encierro puede llevarnos a imaginar un posible romance o una historia de espías: la imaginación parece ser la clave. La imaginación, en el cine de Llinás, es el motivo con el que articula sus películas, algo así como el hilo con el que teje los relatos que después leerá en off; la imaginación como potencia creativa que se relaciona con la infancia, pero también con una cierta subversión hacia las reglas establecidas (pienso en el desafío a la duración que deben tener las películas, por ejemplo).

Tal vez es muy temerario de mi parte hablar de subversión en ese sentido, pero es cierto que hay un desafío de la norma en todo juego porque se suspenden por un instante las reglas que configuran la realidad. Y, de hecho, ahora que lo pienso, los juegos también requieren un pacto ficcional entre sus integrantes. Imaginación, juego y subversión convergen. Algunas noches en casa, durante el encierro, volvimos a un par de juegos infantiles: serpientes y escaleras, el juego de la oca; esos momentos eran un paréntesis al encierro físico y a la sobreexposición de información virtual. Jugar requiere cierta estrategia y capacidad inventiva, en cierta medida, mirar desde un ángulo diferente. Lejano interior tiene varios planos en los que la cámara al ras del suelo ofrece imágenes que producen extrañeza: en el piso habitan pelusas que se ven enormes, el librero es un edificio… A partir de una intervención de la mirada (o de cualquiera de los sentidos), la imaginación puede crear huéspedes invisibles o reinventar el espacio doméstico.

El Pampero Cine

Otra lectura destacada: Mi geografía en el cine.

Karina Solórzano. Es Licenciada en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Ha trabajado como editora de libros de texto y revistas, es colaboradora ensayista en diversos medios impresos y digitales de México y Latinoamérica. Como crítica de cine escribe para El agente en Chile y Correspondencias en México.

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