Vivir el cine en la casa jaula: Pensamientos de una persona que escribe

Por Paulina Vázquez

Vivir en la casa jaula Paulina Vázquez
Paulina Vázquez
Sin título, 2020.
21x25cm
Grafito sobre algodón.

Es entonces cuando llega el golpe duro de la vida. Tan duro que no comprendes lo que pasa y sin embargo lo percibes, algo está roto: Tienes los ojos secos de llorar y pasar demasiado tiempo frente al computador que antes usabas de forma recreativa. Todos tus pensamientos están aturdidos por una ansiedad que carcome lenta y constantemente tu espíritu. Pasas una hora frente a la misma pantalla que ya te cuesta ver con claridad, buscando una película que te recomendaron en la semana o que agregaste recientemente a tu lista de seguimiento. 

Es importante seleccionar con cuidado lo que verás el siguiente par de horas. Comienzas a evaluar todo; dos horas es demasiado; una hora y media aceptable; 75 minutos, un tiempo ideal. Si es un tema demasiado tempestuoso, por más maravilloso que sea, irá en detrimento de tu estado anímico. Si, por otro lado, eliges un musical meloso e irreal, de igual manera la desolación te hará comparar aquellas alegres e inverosímiles vidas con la tuya y volverás a llorar hasta quedarte dormida, para revivir el tortuoso ritual al siguiente día.

La casa no es más que el esqueleto que da forma y cuerpo al hogar; la casa jaula se vuelve un laberinto. Es por eso que elegir un filme se convierte en una encomienda sumamente importante. 

(Quizá sería mucho más complicado si aún tuvieras con quien ver la película, ya que habría que considerar no sólo la duración y la temática, sino todo el contexto del otro ser humano que ya no te considera, porque lo borraste. Piensas con nostalgia en todas las cosas que has querido contarle y que ya no puedes. Sería muy humillante volver a hablarle. De no haber desvanecido la burbuja que te salvó por algunas semanas de sentir la locura del confinamiento, quizá hoy no habría necesidad de escoger qué ver con tanto tiento. Verías con aquel humano alguna película que surgió en alguna plática de madrugada, mientras se imaginaban cómo sería realizar todos esos planes pospuestos para cuando llegara el color verde al semáforo. A lo mejor… nada. Te paras en seco y echas otra vez todo a la basura. Es muy difícil pensar y más aún dejar de hacerlo.)

Tienes que elegir ya. Debe ser un filme que acompañe suavemente tu atención y permita que por un momento te encuentres con otra realidad, que con algo de suerte inspire en ti algunas reflexiones en forma de letras que tus dedos escribirán para ser publicadas y leídas por… ¿quién sabe quién?

El silencio prolongado (un amigo frecuente) te interrumpe llenando de agobios que te impiden pensar con claridad, respirar y te tiran el cabello. Llevas la mitad de una taza de café que ya está frío y ni siquiera recuerdas si has sido tú quien se lo ha bebido (nota mental: nunca llegar a ningún lugar y con ninguna persona con / por necesidad o hambre). No hay nadie más a tu lado que interrumpa nada. La función depende sólo de tu conexión al wifi y de tu dedo para darle play a algo que parece ser adecuado, esperando que haga valer la pena la suscripción nueva a una de todas las plataformas digitales de streaming por las que ahora el cine vive de forma nómada y omnipresente en distintas latitudes y casas. No estás en una sala, no pagaste un helado, ni un boleto.

Finalmente todo se detiene. Son tú y esa historia. En alguna escena dos individuos se besan, se saborean con la lengua (últimamente te asquea el sonido pegajoso de los besos). Las personas andan por la calle con la cara descubierta, corren por una ciudad fría que nunca has visitado, pero que por haber sido sede de tantos filmes casi conoces de memoria. Observas la fotografía exquisita y estás inmersa en una atmósfera que trae a tu cuerpo sensaciones casi olvidadas. Si no puedes ni reparar en lo que ves y todo te resulta maravilloso y congruente consideras que has visto una buena película y te aseguras de que ese juicio no haya partido de tus preferencias subjetivas (puede usted revisar o no El gusto, de Valeriano Bozal… mejor no). Y mientras aún conservas esa sensación punzante en tu cabeza, haces un esfuerzo por escribir tus impresiones, investigar y revisar dos o tres películas de la misma autora o autor. Escribes. Repites lo anterior durante cuatro o cinco meses hasta que finalmente colapsas. Tu vida finalmente se ha hecho invivible, ni tu mente, ni tu cuerpo pueden más. ¿Quién eres?

Dicen que el cine no es un Prozac, opinión con la que estoy parcialmente de acuerdo. Porque cuando la depresión se convierte en tu estado de ánimo permanente, el tipo de película que veas, así como la música, lecturas o demás contenidos creativos a los que puedas acceder, podrán o no ser utilizados como un escape y, al mismo tiempo, nada puede frenar su facultad de  generar en su público reflexiones infinitas.

El cine tampoco es sólo la sala de tu casa, tu recámara, ni algunas salas dentro de un centro comercial, o de un recinto público que extrañas. No es solamente comer palomitas, patear un asiento o voltear a ver a quién te pateó, callar a quien habla durante la función o fajar en la oscuridad pública. Es un momento para el que muchos se desvelan pensando, escribiendo, creando, filmando, produciendo, postproduciendo, importando, exportando, reseñando, editando, criticando, festivaleando, enseñando, nominando, calificando, analizando. Y para el que hoy, después de casi siete meses de confinamiento, no me quedan palabras, ni expresiones más que éstas. 

Justo en este final comienza una idea que con algo de suerte y mucho reposo en próximas ediciones podremos tratar: ¿El cine en, sin, sobre o tras la casa? 

Paulina Vázquez. Creadora multidisciplinaria. Licenciada en Artes Visuales por la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Artista visual representada por MillenialArt México, crítica de cine y poetisa. Cuenta con múltiples exposiciones individuales y colectivas. Actualmente colabora en Lumínicas, Filminlatino, Girls at Films, F.I.L.M.E. magazine y Fotogenia Podcast.

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