This is Not a Burial

Por Bianca Ashanti

Me he despertado con un vestido de gala: reflexiones en torno al cine, la tristeza y la muerte.

He hundido mis pies en la tierra y me he quedado aquí, esperando ver raíces nuevas. Abrazo mis rodillas mientras pienso en la sonrisa de mi abuelo, en las últimas palabras que le dije y en cómo ha cambiado mi rostro desde esta mañana que me vi al espejo. Y el frío sube por las plantas de mis pies y se posiciona en mis ojos, desbordándose como la lluvia hasta llegar a mis manos; entonces pienso que podría regar un invernadero entero con todos los sentimientos que me he ido guardando. Y las barreras de mis recuerdos se entremezclan y ya no sé cuáles de ellos son reales y cuáles son sólo sueños.

Este sentimiento de letargo lo invade todo; escala mis paredes, se aferra a ellas. El tiempo se siente anacrónico y confuso porque ahora ya no tengo motivos para medirlo. Los domingos se vuelven los días más largos, ¿cuántas películas podré ver antes de que me venza la melancolía? Y después llega, me siento frente a una hoja en blanco e intento vaciar ahí mis reflexiones, que se tropiezan entre sí por mi cautela y mi frialdad; aún no sé manejar bien los filtros. ¿Qué debo poner y qué no? Mi padre me dijo de niña que la tristeza ahuyentaba a las personas.

Entonces siento que quizá nunca podré volver a escribir, ¿qué sentido tiene?, es más fácil si lo acepto; la vida lejos no puede ser tan difícil, no es una traición si logro encontrarme al final del camino. Pero hay algo que me jala a este mismo lugar, hay una necesidad interna que me hace volver, romper la homogeneidad de la hoja, burlarme de las reglas, decirle al canon que se joda. Que esto soy yo, con todo y la tristeza, que sin ella no soy. Y entonces, puedo volver a respirar.

Yo tampoco entiendo la muerte, porque nos deja, porque se van; pero la recuerdo, con ese brío de cataclismo, ese rostro inerte y esas ganas de irse a dormir para ya no despertar. Con el dolor de haber perdido a un marido, a una hija y a un hijo; con ese letargo que también escala sus paredes, que las incinera. También me siento a la orilla de la cama y escucho las voces a lo lejos, también siento por dentro la necesidad de gritar para que el mundo se detenga, pero nada para, nada se desordena, sólo yo. Y después regreso a ella, a Mantoa, con su vestido de gala y las arrugas en su cara. ¿Cómo ha cambiado mi rostro durante este encierro? Encuentro imágenes de hace dos meses y no me reconozco. “¿En cuánto tiempo dejará de doler?”, pregunté los primeros días. Ahora sé que no importa.

Siempre dicen que después de la tormenta llega la calma. Me muevo con lentitud por esta casa, mi campo de visión se achica, como una película en formato 4:3. Sólo veo lo necesario para andar, para existir a ratos, entre descansos autoimpuestos con religiosidad. Uno no puede sobrevivir 24 horas seguidas. Los gritos se escuchan a lo lejos, cuando la cámara voltea ya es demasiado tarde para poder ver lo qué ha pasado; “el sufrimiento es un dolor sin significado”, enuncia Mantoa. ¿Realmente qué tiene significado?

Fotograma: This Is Not a Burial, It’s A Resurrection. Urucu Media.

This Is Not A BurialIt’s A Resurrection (Lemohang Jeremiah Mosese, 2019) es una cartografía del dolor. Un mapa sobre los procesos: el duelo, la resignación y la confrontación con la muerte. Y después, cuando nada quedaba por apostar, llega la rabia. Y ésta hace que se levante, la ayuda a pronunciar palabras, a mantenerse erguida, con el ceño fruncido, apoyándose en un bastón mientras atraviesa esas colinas prestadas. ¿De quién es esta tierra en la que vivimos y morimos, la que regamos con nuestras lágrimas? ¿De quién, sino nuestra? Entonces pienso cuánto tardaré yo en atravesar mis propias colinasy recuperar la voz, ¿de dónde saco rabia entre tanta desesperanza?

El azul es un color frío, pesado y triste, siempre lo pensé; lo reafirmo ahora, mientras la veo sentada en su cama preguntándole a la muerte por qué la ha olvidado. Hay algo en ella que la hace siempre caminar entre lo místico y lo real, aun cuando su casa se destroza, aun cuando decide cavar su propia tumba. Un hueco en el suelo se llenará con el cuerpo de un niño que ha sido consumido por el progreso, mientras ella sigue ahí, representando el último lazo directo con esa tierra donde yacen los ombligos de todos sus muertos.

“Cada vez que pronuncio la palabra (progreso) mi lengua literalmente se enrolla hacia atrás”

Todo es político, hasta nuestros sentimientos, hasta nuestras formas de resistir. Lo sé y lo entiendo, sé que la tristeza me está ahogando y que sigo inerte ante ella porque puedo. El silencio es un posicionamiento, quizá uno de los más claros que cualquiera puede tener; yo lo guardo porque el odio me hace indiferente, Mantoa (Mary Twala) lo rompe porque es la única forma de reafirmar que sigue viva.

Yo tampoco quiero volverme recuerdo, por eso escribo, por eso -quizá- me aferro al cine como la tristeza se aferra a mi cuello. Y coexistimos, a veces más cerca, a veces más lejos. Esperando encontrar una respuesta, un despertar. Ella lo encuentra al desprenderse de todo, al encontrarse caminando hacia la nada; lo hace mientras observa a su alrededor y se percata de que hay tanta vida fluyendo. Y entiende que su fuerza surge de los vivos, que marchan junto con ella al exilio. Elige un lado y su existencia oscilante se termina.

Vieja Mantoa, no se vive deseando la muerte y no se muere si no es para renacer y aprender a fluir con la vida.

Fotograma: This Is Not A Burial, It’s A Resurrection. Urucu Media.

El cine me abre puertas para resistir; escribir, por otro lado, siempre me ayuda a sanar. Vaciar los sentimientos es purificarse, dialogar con nuestras tristezas es darles el espacio que se merecen y entender su origen a fondo, dejar de hostigarlas para saber cómo vivir con ellas sin que nos falte el aliento; aprender a desnudarnos es lo que nos hace regresar, lo que nos hace recordar que aun dentro del caos seguimos aquí por la vida que fluye a nuestro lado.

Escribo a partir de mis vivencias, de mis alegrías y mis expectativas. No hay otra forma. Escribo desde lo que soy, aun cuando esto me resulte incómodo; escribo para los vivos, pero lo hago gracias a mis muertos, que me nutren las raíces y me ayudan a convivir con su recuerdo. Al final soy esto y ya no me disculpo por la tristeza.

Si te gustó esta lectura, podría interesarte: Lejano interior.

Bianca Ashanti. Periodista y crítica de cine. Escribo sobre las historias que me atraviesan y soy adicta a la melancolía. Feminista.

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