‘Nomadland’: El hogar que me mueve

Por Jessica Oliva

“Mi mamá me dijo que no tienes hogar”, veo que le dice una adolescente a Frances McDormand, en medio de un supermercado. “No tengo casa pero no me falta un hogar”, responde McDormand, “no son la misma cosa”. «I’m houseless but not homeless», decretan aquellos que adoptan una existencia de nómadas después de un colapso económico, una pérdida dolorosa o una necesidad de recuperar el sentido al final de sus vidas. La directora Chloé Zhao muestra la soledad que invade sus casas rodantes y camionetas, la vulnerabilidad del que anda, pero también que la vida, el encuentro y la existencia de otro tipo de espacio íntimo, expuesto y frágil, son posibles. A veces, un hogar no es hogar porque te cubra de la intemperie, sino porque la permite. 

Y casi inmediatamente tuve que matizar ese pensamiento en mi cabeza, como si ahí adentro hubiera un detractor cínico y tirano que se ríe de mis intuiciones, porque obviamente nadie quiere a la lluvia dentro de su casa. Más bien, mientras veía Nomadland (Chloé Zhao, 2020), que fue parte del Festival de Toronto, meditaba sobre mi reciente mudanza de un departamento que nunca se sintió como un hogar: al que regresaba desesperada para encerrarme después de un día enajenado de trabajo, pero del que también huía constantemente, más aún durante la cuarentena. Mi espacio íntimo era un lugar fijo al que se llegaba, más no en el que se vivía. Lo hice consciente mientras veía esos cielos cegadores que cobijan a Fern, interpretada por McDormand. Lo que se quedó conmigo fue la necesidad y la audacia de aquella mujer y de su comunidad errante de ir a reclamar al mundo como su hogar propio. Yo, por otro lado, llevaba dos años y medio asegurándome de que mi casa fuera un espacio suspendido del mundo. Un refugio a salvo de una ciudad implacable, desfigurada e insegura, y que poco a poco fue endureciendo los límites cada vez más para hacerse también a prueba de desconocidos no confiables, de vecinos que podrían traer problemas, de virulencias, de las inundaciones de los edificios de al lado, de pláticas no bienvenidas, de lazos comprometedores, de las estaciones del año, del paso de las horas, de los sonidos ambientales, de cualquier tipo de interrupción o llamado. Nada de azar ni de encuentros fortuitos. Era una fortaleza, física y mental. Una parálisis.

Nomadland. Searchlight Pictures

¿Puede construirse realmente la intimidad cuando ésta es inmóvil, sobreprotegida y descontextualizada? ¿Cuando no es más que un cuarto de pánico?¿Acaso un hogar no es aquel que  te proyecta, de una u otra forma, al futuro y te involucra con el presente? En el espacio íntimo también debe caber, necesariamente, el gran desconocido, la esperanza de no saber qué sigue, la aventura de las conexiones, la libertad, una especie de nomadismo. El hogar también es movimiento. No es un puntito en el mapa sino una línea: nuestro propio cauce con destino al mundo. Nos precipita a él, como las líneas de carretera que Fern recorre en su camioneta destartalada y en las que aprende a encontrar al otro y luego a despedirse y a volver a encontrarlo más adelante en un transitar infinito. “En los caminos nunca hay adioses definitivos, solo hay “hasta luegos”, le dicen.


Hubo una vez en que reclamé un pedazo desconocido del mundo como mi hogar y todo empezó también con una línea: la carretera que une la ciudad de Guadalajara con el pueblo de Tequila. Mi familia y yo rentamos una camioneta para cumplir el deseo ardoroso de mi abuelita de conocer el lugar donde había crecido su mamá y, con un mucho de suerte, encontrar a su familia perdida. Mi bisabuela María había escapado a los 14 años del campo y la ranchería de mis tatarabuelos y se había ido a buscar suerte a la Ciudad de México. Mi abuela nació ahí y solo recordaba haber visitado a sus parientes maternos de Tequila en unas cuantas ocasiones durante su infancia temprana. Se recordaba parada frente a la iglesia del centro, contemplándola; o paseando en un lugar llamado La Barranca, con mangos que caían dolorosamente sobre su cabeza; o corriendo alrededor de una fuente en la panadería de sus tíos; o hincándose en donde quiera que le agarraran las campanadas, cada vez que “al pueblo le tocaba su bendición”. No teníamos muchas más pistas que esas. María falleció a los 26 años –de un cáncer de matriz provocado por abortos rústicos y clandestinos– y las visitas se detuvieron. Sesenta años después ahí estábamos. Solo tres miembros del grupo éramos nietos; el resto lo componían las cinco hijas de mi abuela, incluida mi mamá. El 99% por ciento de las personas participantes, francamente, esperábamos llegar, tomarnos fotos “de miren estamos en un pueblo mágico”, comprar helados y pasear. Parecía un sinsentido siquiera imaginarnos encontrando algún lazo de sangre después de más de medio siglo.

Pero llegamos al centro y mi abuela se puso a preguntar luego luego por los Aviña y después por los Pineda. Nadie sabía dónde estaban ni quiénes eran. Paseamos. Preguntó de nuevo. Nada. El día avanzaba y solo con las horas empecé a notar las ansias de mi abuela por reconocerse en ese lugar. Dejamos de turistear y comenzamos a intoxicarnos con la búsqueda. Sin éxito, regresamos cabizbajos a la camioneta para partir. Ya arriba del auto, una última corazonada. Mi primo se bajó, le preguntó algo al cuidador del estacionamiento y después empezó a mover los brazos, haciéndonos señas. El cuidador sabía dónde estaba la panadería: junto a la iglesia del centro. Corrimos hasta ahí. Me latía el corazón. Los portones estaban abiertos porque se había convertido en una tienda de artesanías para turistas. Preguntamos y, en seguida, un golpe en el estómago: la señora del local no conocía a los Aviña, ni a los Pineda. La oleada de decepción nos alcanzó a todos. Mi abuelita, más para desahogarse que para insistir, empezó a hablar en voz alta de la fuente en la que jugaba. “Aquí sí había una fuente”, dijo la señora. “¿Están entonces buscando a los que vivían aquí antes? Porque ellos sí siguen acá, tienen una tienda de abarrotes acá atrás, dos cuadras para allá y a la derecha”. Hubo un momento helado de estupefacción. Después, sólo recuerdo un correr desarticulado en grupo. Mi mamá llegó primero. Para cuando alcancé la entrada de la tiendita, mi tía abuela ya estaba abrazándola enfrente de la caja registradora. 

Con manos temblorosas, me quedé agarrada de un congelador de paletas Magnum, mientras conocía y memorizaba las caras de mis nuevas primas, de mis tíos. Mi abuela lloraba en su reencuentro, después de haber dicho hasta luego hace 60 años. Nadie sabía qué seguía. Era el caos. Las emociones se agolpaban en frases pequeñas. Vengan a la casa. Vamos a ver los agaves. Solo hay que tener cuidado porque ahí hay narcos. Miren, de hecho ahí hay uno, ése de la camioneta. Está muy joven, ¿no? Ven para que te abrace. ¿Te acuerdas de la tía Manuela? ¿Cómo estás en Facebook? 

Me sentía quebradiza, en la inclemencia del hogar.

También puedes leer: Los lobos: ser madre en una jauría.

Jessica Oliva (1985). Editora y periodista. Leo, escribo, bailo y me desvelo. Estudio sobre comunicación y empatía, cine, cuidados, resistencia y cansancios.

Deja un comentario