Crítica de ‘Las flores de la noche’: la alegría como resistencia

Por Karina Solórzano

En una escena de Las flores de la noche (Omar Robles y Eduardo Esquivel, 2020), el grupo de chicas protagonistas va camino a una partida de fútbol. El ambiente es de fiesta; entre todas juegan con nombres posibles para el equipo naciente. “Las flores poderosas de Mezcala, las cempasúchil”; de aquí surge el nombre del documental. “Somos flores de la noche, somos poderosas”.


Esta escena es clave para entender el lugar desde el que se posiciona el documental. El grupo de «las flores» está conformado por Violeta Nicole, Dulce Gardenia, Alexa Moreno y Uriel Ramos; todas viven en la comunidad de Mezcala, Jalisco, a orillas del lago de Chapala, y lo que conocemos de ellas es su amistad, sus noches y tardes de fiesta, pero sobre todo el cariño mutuo. La alegría y los cuidados como formas de resistencia.

Las flores de la noche
Las flores de la noche. Cortesía.


Porque si algo está muy claro en el filme es que a los directores Omar Robles y Eduardo Esquivel parece interesarles más mostrar la comunidad de apoyo que existe entre ellas, misma que hace una especie de contrapunto con unx de «las flores»: Uriel Ramos, quien forma parte de un grupo religioso y habla sobre las terapias de conversión para «dejar de ser» homosexual. Uriel es quien aporta más matices al documental: la felicidad con sus tonos oscuros.


En el cine de disidencias, Las flores de la noche tiene en esta tensión su mayor virtud; a diferencia de otras historias de personas en tránsito -pienso en La chica danesa (Tom Hooper, 2015) por ejemplo-, no hay ningún tipo de énfasis en el sufrimiento o la tristeza que podría significar habitar cierto cuerpo. Cuando las chicas se peinan o maquillan siempre hay bromas entre ellas. Hay una escena en la que Uriel también se peina y se maquilla; como en el drag o en la teoría queer, el travestismo es performativo y rebelde, cuestiona a través del uso de elementos del género opuesto qué es lo que se entiende por el género propio.

En otro momento del documental, «las flores» navegan en el Lago de Chapala; el ambiente es de nuevo de canto y fiesta, como si no solo la amistad fuera espacio de resistencia sino también el espacio físico: el lago mismo -hay escenas muy bellas del atardecer en tonos azules y morados-. El espacio y la identidad (no solo sexual) como lugares para habitar y hacer desde ahí una pequeña revolución.

Las flores de la noche
Cortesía

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Karina Solórzano. Es Licenciada en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Ha trabajado como editora de libros de texto y revistas, es colaboradora ensayista en diversos medios impresos y digitales de México y Latinoamérica. Como crítica de cine escribe para El agente en Chile y Correspondencias en México.

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