Crítica de ‘Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo’: la memoria de una casa

Por Amelia González

A veces lo evidente escapa la mirada; cuando llegamos a lo obvio, también nos emocionamos. Qué placer que así sea. 

Desde el inicio de Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (Yulene Olaizola) me sentí atrapada por este descubrimiento personal –pues la cinta se estrenó en 2009–  enmarcado por las circunstancias actuales que atravesamos, en las que más que nunca vale la pena pensar en qué es una casa. La película inevitablemente detona preguntas sobre los misterios del espacio en que uno habita. ¿Hasta dónde llegan los ecos de la memoria de un espacio? ¿Se extinguen en algún punto o tenemos que aprender a compartir con ellos nuestra intimidad cotidiana? La directora parece dejarlo muy claro: no hay respuestas, es necesario sumergirse en el abismo. 

A través de detalles sutiles, nos vamos aproximando a los ruidos e historias cotidianas que conforman la casa de Rosa Carbajal, abuela de Yulene Olaizola. “Abuela, ¿puedes comenzar a contar la historia de Jorge?”, la directora irrumpe en su espacio. Rosa apenas se levanta de la cama y, de forma juguetona, le pregunta a su nieta si lo hace así, mientras se va poniendo los zapatos. Desde este inicio se marca la pauta de lo que veremos durante el recorrido fílmico: intimidades cotidianas, preguntas concretas e historias desdibujadas en algunos bordes y nítidas en otros.

Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo cuenta diferentes historias, pero todas brotan de una en común: la compleja vida de Jorge Riosse. El documental recobra diferentes testimonios de todos aquellos que cruzaron su vida con su historia. Partimos de un hecho: Rosa Carbajal, años atrás, acondicionó su hogar como una casa de huéspedes. Un día llegó Jorge, a quien describen como un hombre encantador, serio y culto. Nadie sabía más sobre su vida, porque cuando querían preguntarle detalles, él los esquivaba. Al principio les extrañaba su actitud, pero conforme pasaron los años se acostumbraron. Jorge se ganó el cariño y respeto de todos, según comenta la abuela de la directora.

Con la finalidad de ir armando un perfil más completo de Jorge, el documental reúne una serie de entrevistas testimoniales. La cinta se apoya también en lecturas de los textos que escribió Riosse. Todo el tiempo observamos el arte que él creaba y que, al momento de la filmación, todavía tapizaba paredes enteras de la casa.  Conforme nos vamos sintiendo más atraídos por la historia de este hombre, comprendemos que Olaizola nos llevará a otro sitio: el misterio terrible que envuelve su vida y la contradicción entre sus actos y su personalidad encantadora. Sobre esto sólo añadiré que sobresale la forma en que Olaizola conduce la trama gradualmente hacia un sitio inesperado y vertiginoso.

La directora logra compaginar el tono que el mismo formato le exige con el ritmo particular que tienen las sobremesas familiares. Los registros se mezclan explícitamente y de ambos permanece  lo mejor de cada uno: la cercanía de las historias; el privilegio del testimonio (en este caso también podemos hablar del horror); los límites borrosos que también se entrecruzan con los mitos familiares; y, también, la ambigüedad natural del chisme íntimo y cotidiano. Todo esto, a simple vista, podría parecer un recurso fácil, sin embargo, la complejidad radica en la mesurada articulación en el montaje de las escenas, a través de la cual se construye la tensión sin perder por ello la intimidad necesaria de la confesión y de la memoria.

Uno de los mayores aciertos de Olaizola radica en que no parte desde la búsqueda idílica de la verdad. Su mirada quiere centrarse en otra parte. Desde el principio comprende que es imposible tratar de llegar a la versión definitiva de lo que sucedió con Jorge Riosse. Podría decirse que comienza desde un sitio de derrota, pero es justo este lugar el que le permite desplegar una historia más compleja en sus particulares. En Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo ninguno de los testigos juzga. Cada uno ofrece su visión, arbitraria como cualquier opinión sincera. Quizás este ángulo lejano de una lectura moral es lo nos permite realmente adentrarnos en esta casa y sus historias.

Yulene Olaizola llega, con su cámara trémula en mano, hasta las profundidades de una historia que la involucra de múltiples maneras. Posiblemente sea esto lo que en realidad quiere contarnos: cómo algo que sucedió años atrás, cuando todavía era una niña, definió su historia familiar. Para hacerlo, nos lleva a los rincones de esta enorme casa y este tiempo que engullen a todos los que somos, de alguna forma, testigos de la presencia incierta y ominosa de Jorge Riosse. Tal vez es por esto que sentimos que él está ahí todo el tiempo, incluso si no podemos verlo directamente. 

Lectura sugerida: Crítica de ‘Las flores de la noche’.


Amelia González (1991). Lectora. Amante del cine e interesada en múltiples procesos comunicativos. Divagadora constante. Le interesa vivir por los pequeños placeres cotidianos y goza el hecho de compartir con otros las diferentes opiniones que el arte despierta en cada uno.

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