Crítica de ‘Kajillionaire’: La resistencia a la ternura

Por Ana Laura Pérez

Sentirnos inadecuadas es de lo más normal. Sentir que el cuerpo no encaja en el espacio. Que nuestra voz y nuestros movimientos desentonan. Que no tenemos un sitio. Es de lo más normal sospechar de quien se acerca demasiado, nos acaricia o nos observa con detenimiento; esperar que en algún momento se revelen sus verdaderas intenciones. Es normal que la ternura devenga vulnerabilidad y que, en este mundo por demás hostil, nuestra respuesta sea el repliegue o la defensa.

En Kajillionaire, la nueva cinta de Miranda July, la ternura se convierte en una fuerza contundente que irrumpe, así como la espuma rosa que invade diariamente y en dosis puntuales el hogar en ruinas de los protagonistas. Old Dolio (Evan Rachel Wood) y sus padres sobreviven a base de estafas. Sus dinámicas se parecen más a las de un grupo de socios que a las de una familia. Funcionan como un engranaje perfecto, cada quién tiene claro qué es lo que debe hacer y cuánto recibirá por hacerlo. Todo está calculado, cada acción tiene un objetivo conciso.

Kajillionaire. Annapurna Pictures, Plan B Entertainment

En medio de un plan ideado por ella para conseguir el dinero de sus rentas atrasadas, conocen a Melanie (Gina Rodriguez), una mujer que se siente instantáneamente –y sorprendentemente– atraída a ellos y se convierte en su cómplice. Su incorporación al grupo lo sacudirá y volverá evidentes las carencias afectivas con las que Old Dolio creció y sigue viviendo.

Los pequeños gestos de ternura que le salen de manera natural a Melanie descolocan por completo a Old Dolio. Ella sabe bien cómo es que deben verse y comportarse las familias normales, sabe que hacer hot cakes de desayuno para alguien más o envolver regalos de cumpleaños son maneras de decir “te quiero”, que el afecto se manifiesta a través de aparentes nimiedades, de detalles, en los rincones. Está consciente de todo esto desde la distancia y no puede sino intentar interpretar el papel correspondiente cuando llega el momento –¿no estamos todos, en cierto modo, interpretando las demostraciones de afecto en función de lo que hemos presenciado desde pequeños?–.

Kajillionaire. Annapurna Pictures, Plan B Entertainment

Cuando la ternura de Melanie la alcanza, en un cruce de miradas, en un roce de pieles o un gesto de cuidado, la zona segura de Old Dolio se resquebraja, su entorno se sacude –literalmente–, se ve acorralada al no saber bien cómo corresponder. Y es que escapar la lógica del intercambio a la hora de entablar relaciones afectivas es un proceso de desaprendizaje complicado. El universo particular que se crea a partir del encuentro de dos personas no puede ser medido o valorado por un sistema concreto.

En medio de toda su excentricidad, de sus múltiples metáforas y de la incomodidad de sus personajes, Kajillionaire construye instantes de intimidad tremendamente terrenales. Si se nos ha repetido una y otra vez que la vulnerabilidad es peligrosa, que cualquiera puede acercarse y aprovecharse de ella –y sí–, Kajillionaire le apuesta a la fuerza y libertad que pueden emerger de la apropiación de esta vulnerabilidad. En un mundo capitalista, hostil y pragmático como el que habitamos, no hay nada más revolucionario que las demostraciones inútiles de la ternura y el amor.

El largometraje de Miranda July inauguró la novena edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos, que se celebra de manera virtual a través de su sitio web.

Ana Laura Pérez. Editora, traductora, ilustradora y diseñadora editorial. Ha colaborado con medios como Cine Premiere, La Tempestad, Canal 22, Butaca Ancha y Correspondencias. También ha colaborado con las publicaciones de festivales como FICUNAM, Ambulante, Festival Internacional de Cine de Los Cabos, DocsMX y Black Canvas. Ha sido acreedora por dos años consecutivos de la beca de prensa de Sundance. Actualmente también hace ilustraciones y diseño para Luchadoras.

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