Crítica de ‘Shirley’ o El colgado

Por Juanita Porras

La carta de «El Colgado» hace parte de los arcanos mayores del Tarot y se relaciona con el sacrificio, con la entrega voluntaria de un hombre que ha cedido el control. The Lottery trata un poco sobre eso, sobre la entrega de un pueblo a un rito sacrificial, la lotería, en el que se elige al azar una víctima, un vecino o un familiar, para lapidarla. La expresión serena de un hombre suspendido de cabeza y con las manos tras la espalda recuerda a los personajes del relato mientras toman una papeleta de la lotería o una piedra para cumplir con el rito.

Entre las formas que ingeniosamente encontraron los editores John Farrar y Roger Strauss para vender el trabajo de Shirley, dedicado al terror, estaba casar a la escritora con la figura de la bruja y la ama de casa. Por un lado, se bromeaba sobre su conocimiento en brujería y la puesta en escena de las artes oscuras en su trabajo (“La señorita Jackson no escribe con la pluma, sino con la escoba», apuntó Robert Strauss en una reseña de The Lottery), y, por otro lado, era la esposa de Stanley Hyman y la madre de Laurence, Joanne, Sarah y Barry (“She subtly radiates an atmosphere of coziness and comfort”[2]). Una figura parece justificar a la otra: Shirley Jackson es una mujer que escribe terror porque sabe de brujería, pero es inofensiva porque es ama de casa.

En la película de Josephine Decker, Shirley (Elisabeth Moss) es una mujer casada y sin hijos, estancada en su escritura, excluida del pueblo en el que vive y deteriorada por una depresión fumada y bebida. Del otro lado del espejo está Rose (Odessa Young) una recién casada que espera a su primer hijo y que llega como huésped junto a su marido a la casa de los Jackson. Shirley interpreta a la escritora y bruja, Rose a la ama de casa. Y es la carta de El Colgado la que le hace saber a Shirley, mientras lee el tarot a Rose, de su próxima novela: la historia de una joven desaparecida que aparece ante sus ojos con el rostro de su huésped.

La directora elige enfatizar, a través de los sonidos de la casa, las grietas en el techo y la madera que se abre, la complicidad de estas dos mujeres que especulan, mientras una escribe y la otra cocina, sobre el destino de la joven desaparecida. Rose y Shirley son dos pedazos de tiempo suspendidos en un mismo espacio: la casa de la escritora, la bruja y la ama de casa. Y esa elección de figuras parece decirnos que hay algo de intimidad, así como de suspensión, en lo terrorífico. Por un lado, está el hecho de que solo nos aterra la transformación de lo que creemos conocer, como un juego de lotería convertido en una lapidación. Por otro lado, está el terror que produce el designio del sacrificio, esa suspensión voluntaria y no voluntaria ante lo familiar que es el servicio a los hijos, a la casa y al marido, que es un atarse de manos detrás de la espalda. Ese terror escrito entre la intimidad y la suspensión, esas sugestivas imágenes de Decker sobre lo que es la maternidad y la elección de no ser madre, esa imbricación entre Rose y la joven desaparecida, entre Shirley y Rose, muestran el destino de la experiencia de la mujer: el colgado.

Y entonces no es casualidad que la víctima sacrificial de The Lottery sea la señora Tessie Hutchinson que en el centro de una zona despejada extiende las manos y exclama «¡No es justo!», «¡no hay derecho!»


[1] Roger Strauss en una reseña de The Lottery, citado por Franklin, Ruth: Shirley Jackson Wasn’t  Actually a Witch. Literary Hub. https://lithub.com/shirley-jackson-wasnt-actually-a-witch/. Traducción de la autora.

[2] Harvey Briet en entrevista con Shirley Jackson, citado por Franklin, Ruth: Shirley Jackson Wasn’t  Actually a Witch. Literary Hub. https://lithub.com/shirley-jackson-wasnt-actually-a-witch/. Traducción de la autora.

Juanita Porras. Es periodista cultural independiente y creadora de Todos los viajes se hacen en barca. Estudia el máster en Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia y dirige Bitácora correctores.

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