‘Birth Wars’: De partos y mejores mundos

Por Verónica Ortiz Cisneros

Aquel viernes desperté con una certeza que me guió desde las primeras horas. Debía abastecer la casa, comprar alimento y lo necesario para confinarme tranquilamente. Lo que hiciera falta para sumergirme en la experiencia que ya desgarraba la realidad como la conocía para dar paso –inexorable, decidido, incontrolable– a la vida nueva.

Completada la lista prevista de víveres me senté a comer en un restaurante en Miguel Ángel de Quevedo. Tras una comida deliciosa, pedí un té y pagué. Me levanté al baño y antes de tomar las escaleras, sentí un líquido tibio –no dolor, no malestar– recorriendo mis piernas sin detenerse, hasta formar un charco transparente en el suelo justo frente a la puerta del baño. En la madre, pensé. Ya viene.

Llamé al padre de la criatura, mi cabeza en modo misión desde tempranas horas: “rompí fuente, nos vemos en la casa”.

Pude manejar y en el camino hubo una pequeña cascada de llamadas. La primera a Mercedes, nuestra partera. Mantengo una cierta calma, soy testigo de lo que siento. Llego a casa. Algunas instrucciones. Fotografío el líquido aquel. Llega Manuel, debemos irnos, el líquido trae algo de caquita (médicamente llamada “meconio”) que cierra la posibilidad de pasar esas primeras horas en nuestro hogar.

Desde que supe de mi embarazo las felicitaciones y parabienes algunas veces dieron paso a una sombra oscura. Ciertas personas que se sentían con la licencia de hacerlo me compartían sus pequeñas o grandes tragedias, a modo de advertencia, posibilidad, mal augurio: “toma en cuenta tu edad”. No importaba que me sintiera con energía, entusiasta, con esperanza, las historias se dejaban venir como si al callarlas me contuvieran de estar lista para lo peor.

En esas condiciones di con Mercedes, quien me hizo comprender que había un universo de sabiduría en mi cuerpo, y que la partería tenía material de sobra para dialogar con las historias de miedo no solicitadas. Así encontré en esta tradición a mi voz autorizada y el permiso de disfrutar de mi embarazo con 41 años cumplidos, como lo que parecía: una experiencia personal y dulce que me daba una fuerza fincada en la autonomía y el gozo.

El documental Birth Wars de Janet Jarman (2020) se ancla precisamente ahí: antes, después y durante el parto, la persona al centro de la experiencia debe ser la madre. Es esa voluntad la que hay que escuchar y a la que debe acompañar todo el aparato que la rodea. Esa voz debe sentirse libre de expresar lo que desea, por el bien propio y de la criatura por venir. Lo que vemos una y otra vez en la historia es que esa voz difícilmente se equivoca. Se ve amenazada por el miedo, por ejemplo, de ir a un hospital. Miedo justificado cuando vemos no solo al personal hospitalario sino a todo un sistema de salud ejercer constantemente todo tipo de violencia contra las mujeres embarazadas. Violencia obstétrica, violencia verbal, juicios y agresiones tan normalizados que se exhiben sin ningún pudor en distintas ocasiones frente a la mirada abierta de la cámara.

Rafaela López, partera profesional nacida en el estado de Guerrero lo dice con gran sabiduría: “Si quieres cambiar al mundo, tienes que aprender a cambiar la forma de nacer. Que los partos sean con un ambiente cálido, con un ambiente de armonía, de amor, de paz…”. La salud no puede concebirse sin cuidados, atención, respeto y amor. Sin estos componentes se convierte en la semilla que alimenta nuestra precariedad como seres humanos y como un país que se degrada en el desprecio de sus habitantes, especialmente las mujeres.

Birth Wars muestra la tensión entre esta perspectiva respetuosa y consciente y la resistencia, arrogancia y fragilidad del sistema de salud hospitalario superado en la demanda de servicios con una capacidad y recursos limitados y mal dirigidos. En esa lucha siempre están en riesgo las vidas y las experiencias de madre y la infancia, así como la labor de las parteras al ser puestas en tela de juicio y precarizadas. 

Birth Wars JJ
Birth Wars. Janet Jarman.

Pero regreso a ese viernes del inicio del texto. Estamos ya en un hospital donde partera y médico trabajan de la mano. El bebé no presenta indicios de sufrimiento fetal y a pesar de eso y de las contracciones el parto no termina de desatarse. Mercedes nos acompaña. Me masajea, me rebocea, sin que el cuerpo reaccione. El bebé decidió atravesarse y nada lo mueve. Será cesárea.

Aunque es mi primera experiencia en un quirófano, sigo tranquila. Junto con Manuel, Mercedes toma mi mano, no hemos dejado de sonreír, de hacer bromas al ver nuestros planes intervenidos. Mi playlist se fue al carajo. Mercedes pone la música perfecta y ese cuarto aséptico, iluminado artificialmente se convierte en un espacio del que no quiero huir. Mi hijo nace en medio de risas y aplausos. Su figura larguirucha por fin fuera de mi vientre, estalla en llanto y vida. Y yo también.

Recuerdo esto y entiendo por qué tantas mujeres y madres sentimos tanto amor y gratitud por nuestras parteras. Porque, aun en las situaciones más críticas y difíciles, sus presencias intervienen siempre a nuestro favor y nos devuelven el poder de nuestros cuerpos y la experiencia del parto como lo propio y cercano que es.

Rafaela tiene razón, éste será un mundo mejor si desde el parto y nacimiento recibimos el amor y respeto que merecemos y al que tenemos derecho. Y también, me permito añadir, si la maternidad es deseada. Si las mujeres somos escuchadas. No hay excusa para lo contrario.  

Verónica Ortiz Cisneros. Soy comunicóloga, actriz y cantante. Miembra de Ya es Hora. He colaborado como Directora de Difusión y Programación de la Cineteca Nacional, entre otras organizaciones, y actualmente encabezo el área de Publicaciones del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP) a nivel global. Amo las lentejuelas, el cine y siempre voy a pie.

Te sugerimos esta lectura: Nomadland: El hogar que me mueve.

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