Crítica de ‘Que sea ley’: La defensa de nuestro primer territorio

Cuando una escribe sobre estos temas, no encuentra otra manera de hacerlo que con el corazón desbordado. Porque en la pantalla vemos a nuestra amiga de la preparatoria, aquella que se embarazó de su novio golpeador y se quedó con él por miedo; vemos también a nuestra vecina de 15 años, a la que corrieron de su casa cuando su vientre ya no pudo ocultarse más; vemos a nuestras compañeras de escuela, a las que un día dejamos de escuchar y cuyas risas terminamos por olvidar. Pero, además, reconocemos los miedos y las incertidumbres que nos acechan cada día, la necesidad de hablar con nuestras primas, sobrinas y hermanas menores que, dentro de su inocencia, no distinguen aún los peligros de ser mujer.

No hay otra forma de escribir, ver o hablar, que a partir de nuestra realidad compartida, la de una militancia iniciada a tropiezos por la necesidad de encontrar a la mujer con la que compartes el bus, la escuela o la familia. Porque como mujeres siempre compartimos algo: ya sea la violencia, la negligencia o, en el caso de las que somos más afortunadas, la trinchera. Una que sin importar el origen busca salvarnos.

Que sea ley. Ambulante

Que sea ley (Juan Solanas, 2019) es una compilación franca, un desfile de realidades en las que interactúan todo tipo de mujeres. El retrato integral de una sociedad que se debate entre la institucionalidad patriarcal y el nacimiento de la nueva ola violeta. Un retrato que escala a dimensiones tan amplias que resulta ser aplicable para toda Latinoamérica, y que nos hace recordar que las mujeres que mueren por la opresión del estado son igual de importantes en cualquier parte del mundo porque sus historias nos duelen.

Pienso en Solanas como un historiador, mirando siempre de cerca. Las mujeres que conocemos en su documental levantan el rostro y no se inmutan ante la cámara; lloran, recuerdan, enuncian la violencia de la que fueron víctimas y, al hacerlo, tejen una red testimonial que nos permite construir un posicionamiento político lejos de todo academicismo. Las imágenes son confrontadas todo el tiempo, a cada testimonio le precede un grito, un canto, una consigna enunciada.

Qué importancia tiene el ruido; qué fuerza se debe tener para hablar sin miedo, para incomodar, para romper con los estigmas y los determinismos del género. Escucho la historia de María Acevedo y me resulta incomprensible. Entonces recuerdo cuando Margaret Atwood escribió “En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. Las circunstancias aquí son claras: fueron hechas y legitimadas por la religión y el patriarcado hace años.

Que sea ley. Ambulante.

Hay muchos elementos que subrayar de este filme, que parece configurarse a sí mismo como un árbol. Cada flor es una mujer, cada rama un dolor compartido, entre ellas pueden estar cerca o lejos, pero todas surgen de la misma raíz: la digna rabia. Una que fue nutrida por las injusticias, las carencias, la impunidad y la violencia sistémica de un Estado que intenta ignorar la realidad de las mujeres y esconderse dentro de discursos morales de sus aliados.

Que sea ley no teoriza, ni ahonda demasiado en las razones de esta situación. Solanas se asume a sí mismo como lo que es: un espectador de época de la revolución feminista, las mira de cerca y las escucha sin juicios, pero también se acerca al otro lado de la moneda, en un intento por no configurar un discurso limitado. No hay blancos y negros, hay una gama de grises en donde los párrocos religiosos sirven de testigos para enriquecer la construcción de un posicionamiento explícito.

Que sea ley. Ambulante.

“Si dios es varón, el varón es dios”, enuncia Elsa San Martín, y yo pienso que solo alguien que se concibe a sí mismo como dios sería capaz de ejercer su poder sin miedo a tener ninguna represalia, solo alguien así podría llegar a pensar que puede decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Y es este poder, legitimado por la religión y la ley, el que condiciona nuestra vida. No existe una ausencia del Estado dentro del régimen patriarcal, porque es justamente la omnipresencia de éste el que violenta a las mujeres y las orilla a la clandestinidad.

Pero también es la apropiación de este accionar fuera de la ley lo que nos permite sobrevivir y encontrarnos dentro del feminismo. Solanas termina su filme con la decisión del senado por mantener la ilegalidad del aborto; para ese momento, la fuerza del discurso que se erigió ya ha sobrepasado cualquier tipo de esperanza por el despertar de un Estado justo. Es por esta razón que el documental logra trascender las barreras geográficas para convertirse en una pieza clave que nos ayudará a recordar que la fuerza de las mujeres jamás podrá ser limitada por ninguna institución legal. Nuestros derechos se defienden y se ganan en las calles, y ahí siempre encontraremos a una compañera para gritar.

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Bianca Ashanti. Periodista y crítica de cine. Escribo sobre las historias que
me atraviesan y soy adicta a la melancolía. Feminista.

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