Crear con miedo

No creo que nuestros miedos nos abandonen
nunca por completo. Todavía tiemblo cada vez
que me levanto para hablar […] Y en esos
primeros minutos frente a un grupo de gente

mis instintos gritan ‘huye ahora, todavía estás a tiempo de escapar’.

Pero entonces me detengo, miro la habitación, 
miro los ojos de los presentes y me oriento como
una brújula al recordar que las palabras son mucho más fuertes que yo.

Respiro hondo, esquivo
mi miedo y empiezo a hablar desde el lugar donde
se juntan la belleza y la valentía: en los espacios 
de un corazón estremecido.

Terry Tempest Williams

A veces pienso en mí, en mis vivencias particulares y en mis miedos, en cómo es que mis deficiencias me han hecho más fuerte, en la vida y, muy particularmente, en el oficio de escribir. Hay un pequeño fragmento en Cuando las mujeres fueron pájaros en el que Terry Tempest narra el primer encuentro que tuvo con el análisis del lenguaje a través de la poesía. Éste se dio a raíz de un problema del habla que había desarrollado de pequeña y que la hacía víctima de una serie de insultos y burlas que la obligaban poco a poco a perder su voz. Con el tiempo, la fascinación y el amor por las palabras creció y ella se convirtió en una reconocida escritora que aprendió a volar con un lenguaje propio.

Pienso que escribir, al igual que casi cualquier otra profesión, es un trabajo integral. Uno debe escuchar, mirar, leer, reflexionar, imaginar, pero sobre todo debe sentir cada palabra que elige. Sentir que es la indicada para conceptualizar todo lo que se está fraguando por dentro. Después, claro está, siguen las estructuras, unas más innecesarias que otras. Todas ellas originadas a partir del canon, de aquellos preceptos hegemónicos que construyen su realidad a partir de la dicotomía occidental. Resultan en muchas ocasiones ser un filtro, una forma de dividir, de categorizar, de jerarquizar. Son temibles porque así deben serlo. 

Mis deficiencias son claras. No necesitan someterse a una estructura ni esconderse de ella. Creo que cualquiera podría encontrarlas si se acercara a alguno de mis textos. Mis ensayos “críticos” del cine desembocan irremediablemente en un análisis del argumento en torno a su contexto, un contexto que hasta hace muy poco me parecía inamovible (a veces me hace falta recordar que nada lo es). Después, vienen algunas pequeñas pinceladas de color en donde menciono las cuestiones plásticas como si fuera una niña pequeña frente a un inmenso mar. El análisis de cine es un inmenso mar y yo aún soy una niña pequeña. 

Y soy una niña pequeña, pero no por suponer que la infancia es menos válida o valiosa. Al contrario, me gusta pensarme así porque eso me hace sentir que aún poseo la curiosidad, la fuerza y la inteligencia para aprender a nadar en ese  mar. Aprender a mirar el mundo sin pretensiones de una verdad absoluta es uno de los grandes tesoros de la infancia.

Beginning. First Picture, Office of Film Architecture / OFA

Lo anterior me ha hecho consciente de que las cosas que ignoro y las puertas que no me he atrevido a abrir me han mostrado otros caminos. Tal cual lo enunció  la maravillosa Varda al hablar sobre su primer largometraje como una obra que no habría nacido si no hubiera sido tan ingenua e ignorante. ¿Cuándo dejamos de ser ingenuas e ignorantes y por qué pensamos que serlo es algo malo? Por el contrario, yo he encontrado en ello la ayuda para construir puntos de vista más personales. Esto me lleva, por fin, al análisis fílmico que planea ser, después de una muy larga pero necesaria introducción, uno de los tantos temas de este ensayo. 

Digo uno de tantos porque una reflexión integral involucra no sólo cuestionar al filme, sino cuestionarme a mí misma como espectadora y como crítica. 

Beginning. ¿Por dónde comienza una lectura?

Me pregunto esto después de terminar la película que dura poco más de dos horas. He tardado casi tres en verla porque la casa, como un espacio físico que no es exclusivo para mirar, demanda otras tareas. Pienso en si puse suficiente atención a todo y en que quizá no lo hice, pero tendré que confrontarla de la misma forma. 

Como espectadora, lo que hago es estar así: a la expectativa. De lo que vi, de lo que no vi y de porqué no lo vi. Hacer las preguntas correctas es más enriquecedor para mí que tener las respuestas mediatas. Mis preguntas al terminar este filme georgiano son dos; básicas en su forma, pero complejas en su reflexión: ¿cuál es el trasfondo de esta historia? y ¿qué ha pasado conmigo después de verla? Si me gustó o no, por ahora, sale sobrando. 

La respuesta a la primera es la que me presenta más retos. Definir algo que no está terminado no sólo es riesgoso, sino también osado. Pero al final de cuentas, la escritura es eso, una osadía, así que sin más, empiezo la tarea de imaginar. 

E imagino a Yana. La primera imagen que tengo de ella es la de una mujer con un chongo bajo y una actitud impecable como su rostro; Inexpresivo, temeroso, en constante presión. La imagino después dentro de su comunidad, una comunidad religiosa que desconozco por completo. Mi lectura, entonces, no sólo será ambigua sino ignorante en —hasta ahora— uno de sus aspectos. La imagino con su familia, con un marido macho y un hijo mimado. Ella está en medio, inmóvil, esperando que algo pase. Se lo confiesa a su esposo y él responde que le buscará un trabajo. Yo le respondo que la entiendo, que entiendo la incertidumbre de sentir que el mundo corre y nosotros sólo estamos ahí, inmóviles. He comenzado con Yana una relación cercana, empática y fuera de toda lógica.

Beginning. First Picture, Office of Film Architecture / OFA


Una de las tantas cosas que me sorprendió de la crítica a Beginning (2020) fue su poco interés por la historia. La descalificación inmediata de su profundidad y el intento de borrar su complejidad porque ésta no se ajustaba a parámetros más amigables. Porque mirar a una mujer que quizá no entendamos debe ser aterrador, pero también es profundamente reflexivo. Recuerdo nuevamente a Terry Tempest, en cómo su libro llegó a mi vida en el momento exacto y en cómo ella encontró que los diarios de su madre estaban completamente en blanco y a partir de ese desconocimiento de una vida ajena fue que comenzó a conocerse a sí misma. 

“Los diarios de mi madre son el poder de la ausencia
Los diarios de mi madre son el poder de la presencia…”

Terry Tempest

Yana es ausencia y presencia. Yana es ambivalencia. Yana es una mujer doblemente marginada. Yana es una mujer incongruente. Caótica. Desbordante. Valiente. Vulnerada. Desafiante. Y aún así, lo único que yo leo de ella en casi todos lados es que, en primera instancia, es esposa de un pastor, y en segunda, es testigo de Jehová. Me indigna el resumen de su existencia y de todo lo que esto debería mostrarnos. Me indigna que economicemos nuestras palabras para hablar de personas (o personajes) y las hagamos exorbitantemente más profundas para hablar de teoría. Pero eso, como ya he dicho antes, sólo es una consecuencia de mis propias lecturas. 


Después de conectarme con Yana, continúo intentando entender qué es lo que pasa. Para este punto los focos de peligro principales ya han sido expuestos. O al menos eso creo. He visto estallar tres bombas molotov dentro de un pequeño cuarto en donde se reflexionaba sobre la fe de Abraham, dispuesto a matar a su hijo. La imagen es impresionante, nos aprisiona con el fuego, nos impide movernos, nos impide mirar los peligros de afuera. Dea Kulumbegashvili, directora del filme, nos advierte algo: siempre habrá una parte en esta historia que no podremos ver.

En el cine, al encuadre que nos incapacita mirar pero nos hace conscientes de que algo está sucediendo en el entorno se le llama fuera de campo. Dea lo usará a lo largo de todo el filme, consecuencia de una cámara inerte que nos acorrala y nos aleja en más de una ocasión. Una hostilidad plástica que no parece tener intenciones de satisfacer nuestras demandas. Pienso en la cámara como una extensión de Yana, que casi siempre aparece al fondo, decidiendo qué tan cerca o qué tan lejos nos quiere.

Beginning. First Picture, Office of Film Architecture / OFA

Aquí entra un segundo conflicto. La ambivalencia de la protagonista se hace cada día más presente. Yana se confronta todo el tiempo consigo misma. La mujer perfecta que, por las noches, exhausta de fingir, se quita uno a uno los ornamentos de su disfraz; se desata el cabello y se asume a sí misma dentro de toda su vulnerabilidad y su incongruencia. Dea maneja otro tipo de fuera de campo, uno emocional, uno que trabaja todo el tiempo en nuestra mente para intentar ignorar que algo pasa con Yana. Una decisión que se expresa estéticamente a partir de la rigidez cinematográfica. La rigidez de un cuerpo en tensión que intenta evitar desbordarse.


Sigo vagando en internet, mis ideas están a salvo, son claras aunque dispersas, y quieren conocer otros argumentos que las saquen de balance o que las ayuden a tomar su lugar. Encuentro más y más críticas, algunas mencionan lo innecesario que era ese tipo de rigor formal, los planos larguísimos, el intento de construir una poesía visual en donde sólo hay temas que no concretan. Las palabras hacen eco en mí, en mis miedos, en lo que soy. Quizá estoy buscando algo que no existe, quizá no vi lo mismo que todos vieron, quizá no debería escribir esto.

Pero estoy cansada de que los señores me expliquen el mundo. ¿El formalismo estético que enaltece a los directores y los convierte en autores ahora está mal? ¿Sobra porque la historia no se ajustó a los patrones o porque la directora es una mujer y entonces lo que enuncia se da por sobreentendido con obviedad?

Pienso en esos planos largos tan criticables. En cómo me acogieron y me dieron un descanso. Un descanso de lamentar que Yana no pudiera externar esta parte crítica y un tanto destructiva que la estaba oprimiendo desde adentro y que chocaba con su disfraz de mujer perfecta. Me dieron un descanso porque eran los únicos momentos en los que ella estaba fuera de peligro, porque podía dejar de esperar que todo dentro de ella terminara por derrumbarse. Si Yana hubiera tenido más planos largos, habría recordado cómo se sentía correr contra el aire.

Beginning. First Picture, Office of Film Architecture / OFA

Terry Tempest escribe: “Cuando el silencio es una elección, su presencia es desconcertante. Cuando el silencio es impuesto, es censura”. Pienso entonces que quizá lo que moleste es que Dea elija quedarse en silencio por sí misma. Vuelvo a leer adjetivos como irresponsable y carente de ética. A las mujeres siempre se nos exige demasiado. No tengo nada más que decir.


Cuando un hongo infecta a una biznaga, lo hace desde adentro. Para cuando éste comienza a ser visible, la cactácea está vacía; recuperarla es casi imposible. Yana se desborda, como buena mujer lo hace sin decir nada que se pueda volver incómodo. Su violación ya ha sido condenada, ella ahora tiene que encontrar el perdón de un esposo fantasmal que habita en los rincones de su casa a los que no llega la tenue luz de las lámparas. Yana fue infectada por un hongo: la institución, que se vislumbra con todo su peso a través del matrimonio con un hombre que se concibe a sí mismo como dios y enuncia que él la ha creado. A través de su religión, que determina las cualidades que debe tener como mujer y, quizá de la forma más vil, a través del estado, del poder de un hombre reconocido y legitimado por el estado para ejercer su poder con violencia.

Hay una serie de agresiones implícitas que la carcomen a lo largo de todo el filme y la única que logramos reconocer es la sexual. Un crítico dice que enunciar la violencia estéticamente más allá de conjurarla, la perpetúa. Yo dudo que siquiera haya reconocido la gravedad y las múltiples formas en que se presentó esa violencia.

Al final, Yana está vacía. La parte que vive en ella y que intenta a todo momento ser una mujer perfecta decide que la única salida es el suicidio. Esta versión contemporánea, que ya tanto han señalado, de Jeanne Dielman, 23 quai du commerce, 1080 Bruxelles (1975) se hace presente y nos muestra una resignación total. Bebe un sorbo del licuado que la matará y se detiene. Una última confrontación. Un último cuestionamiento. ¿Por qué he de morir yo?

Yo también me lo pregunto, pero no me atrevo a responder. Estoy acostumbrada a que las mujeres solo encuentren la redención a sus problemas a través de la muerte o del perdón del hombre, pero hemos olvidado algo por conceptualizar erróneamente lo que estamos viendo: Yana no es una mujer oprimida; Yana es una mujer violentada. Ambas son cosas muy distintas. Yana tiene la oportunidad de elegir, y la vuelve a ejercer porque, quizá, es la única -y última- forma de resistir a una vida de inmutabilidad.

Llego al final de la mano de Dea e irremediablemente de la mano de Yana. No existe para mí nada más que el desenlace de una mujer que fue llevada al límite y que se defendió como pudo. Me percato de que mi primera lectura sobre la reapropiación del mito, es más una liberación radical de la teología patriarcal. Abraham decide matar a su hijo para probar su fe y en el último momento es perdonado y liberado de esa carga. Yana es orillada hasta el desenlace caótico en el que decide asesinar a su hijo. Aquí no hay perdón, no hay redención. Yana es una persona real enfrentando problemas reales, y si algo hemos aprendido las mujeres (cada una desde sus muy diferentes contextos) es que esta realidad no nos va a otorgar ningún perdón y ninguna opción.

Beginning. First Picture, Office of Film Architecture / OFA

Ser crítica supone cuestionar a la obra, al autor, al contexto, al espectador, a la crítica misma. Yo encuentro en el filme un acompañamiento, una empatía y una contundente mirada que no tiene la intención de crear fórmulas que nos sean más digeribles. Como autora, una siempre crea con miedo. Porque debemos ser más que ordinarias. Porque debemos contemplar todo lo malo y no reproducirlo, pero también tenemos que proponer algo nuevo. Porque no tenemos los permisos para ser polémicas. Porque cuando un realizador es polémico es un genio que se arriesga; pero cuando una autora es polémica, es carente de ética, un intento mal logrado, una obra influenciada por los grandes genios del cine en una novata que necesita pulir su técnica.

Pienso nuevamente en mis debilidades: en todo lo que desconozco para emitir un juicio estructurado a partir de la dicotomía, en lo poco que me importa hacerlo, en lo lejos que a veces estoy de la crítica, en todas las veces que he escrito con miedo. Pienso en Dea, en los adjetivos que se remarcan sobre ella para denotar su debilidad. Y, a pesar de todo, seguimos resistiendo.

“Los diarios de mi madre son un acto de fe y una decisión.”

Terry Tempest

He repetido el nombre de Yana veintitrés veces, esperando que no se nos vuelva a olvidar. Lo he hecho conscientemente por todas las críticas que leí en donde una presentación superficial intentó abarcar la complejidad de su construcción. No somos simples, no tenemos que encajar ante la mirada de nadie; somos complejas. Dea, en su propia lectura de un mundo lleno de guerra y de fe, es compleja. No necesito citar aquí a ningún gran autor para justificar su estética. Creo en lo que dice, creo que de verdad abogó por el sentir, por la conexión emocional que tenía. Lo creo porque lo siento y, para mí, eso es más que suficiente.

Te puede interesar: Crítica de ‘Fragmentos de una mujer’: Un soplo de vida

Bianca Ashanti. Periodista y crítica de cine.
Escribo sobre las historias que
me atraviesan y soy adicta a la melancolía. Feminista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s