Madeline Anderson y el valor de narrarnos a nosotras mismas

Por Jumko Ogata

Cuando hablamos de cine documental las primeras personas que llegan por lo general a nuestra mente son directores como Michael Moore o Werner Herzog, tal vez Agnès Varda, si conocemos a cineastas mujeres. El documental permite retratar las realidades de individuos o comunidades de contextos diversos, el cine de no ficción es una herramienta importante para visibilizar las diversas luchas por derechos humanos alrededor del mundo. De esta manera podemos ser testigos, casi como si estuviéramos ahí, de las protestas, victorias, y formas de resistencia de comunidades en situaciones de opresión. No obstante, históricamente el cine también ha sido utilizado para perpetuar estereotipos y narrativas violentas en contra de estas comunidades, creando historias que permean en el imaginario colectivo. Por ello, es fundamental hablar acerca de la importancia del lugar de enunciación de quienes escriben, producen y dirigen las películas que vemos —¿por qué deciden contar estas historias? ¿A qué pública quieren llegar? ¿Qué narrativas están perpetuando acerca de las comunidades retratadas?—.

En este sentido, la obra de Madeline Anderson es un pilar para demostrar la importancia de que quienes hacen cine tengan el derecho a retratar a sus comunidades y definir su identidad y lucha en sus propios términos. Madeline Anderson es una cineasta afroestadounidense nacida en Lancaster, Pensilvania en 1923. Desde su infancia iba al cine los fines de semana, pero rápidamente cayó en cuenta que las películas que ella veía no mostraban la realidad de las personas como ella, personas negras creciendo y viviendo en Estados Unidos. En este contexto nació su interés por el cine, pero sus seres queridos la convencieron para que se inscribiera en la universidad para ser maestra. Desafortunadamente, el acoso y violencia racistas que vivió en este espacio fueron tales que se vio obligada a renunciar, no obstante, más adelante se pudo inscribir en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo el grado de licenciatura en psicología.

Yo soy alguien. Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana del Instituto Smithsoniano | Ambulante

Para Anderson fue muy difícil encontrar trabajo en la industria cinematográfica debido al sexismo y racismo sistémicos que impedían que personas negras y mujeres entraran —para poder trabajar debía pertenecer a un sindicato pero para pertenecer a un sindicato ya tenía que trabajar—. De esta manera, quienes lograban inscribirse a los sindicatos por lo general eran hombres blancos que obtenían su lugar a través del nepotismo. Aunque finalmente se logró unir a un sindicato tras amenazarles con proceder legalmente, estas barreras a las que se enfrentó pasaron a formar parte de su lugar de enunciación e influyeron en su obra más adelante.

Sus cortos documentales son paradigmáticos para entender y estudiar los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos durante la década de los sesenta; si bien existe amplia cobertura de los medios y algunos cineastas, el lugar de enunciación es fundamental para entender cómo se narran estos movimientos. Se tergiversan y se vilifican, o se muestra cualquier búsqueda por derechos humanos básicos como “radicalización”. La virtud de la obra de Madeline Anderson reside en su capacidad de mostrar a los sujetos de sus documentales como eso: sujetos, con agencia y voluntad para hacer valer sus derechos a como de lugar. Para darles el micrófono directamente y hacer un espacio para que se definan sin el riesgo de que sus palabras sean manipuladas. Asimismo, Madeline Anderson es un ejemplo a seguir para las mujeres negras jóvenes que buscan trabajar en la industria cinematográfica en cualquier capacidad —nos muestra por qué son importantes nuestras voces como cineastas— ¿quiénes mejor que nosotrxs para hablar de los problemas y soluciones de nuestras comunidades?

El cine de Madeline Anderson fue parte del ciclo «Afrovisiones» de Ambulante.

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Jumko Ogata

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