Ahí donde me encuentro: espacios visuales de afinidad y catarsis

Por Paulina Vázquez

«Escribir sobre uno mismo, lejos de ser un acto narcisista, es una actividad normal que, al igual que la ficción, puede movilizar todas las fuentes del arte. Y lo que une a la autobiografía escrita (el yo escrito) y el yo visual (el yo fotográfico, cinematográfico) es el deseo del trazo, de la inscripción sobre un soporte duradero, y el deseo de constituir series a lo largo del tiempo. Tienen en común también el deseo de recuperar y de construir la mirada sobre uno mismo.»

El pacto autobiográfico y otros estudios, Philippe Lejeune

Los espejos

Queremos saber que no estamos solas, que afuera hay alguien con quien podemos compartir y aprender, porque todo lo que vivimos nos importa y nos impacta. La soledad de nuestro tiempo a veces nos lleva a buscar espejos. Queremos encontrarnos para comprender mejor quiénes somos y qué queremos. Buscamos nuestra forma en todos lados para saber cuál es su gama cromática, dimensión y textura; que el reflejo, además, nos permita escucharnos, sentirnos y explorarnos. Encontrar un lugar para refugiarnos. 

Los espejos pueden estar hechos de cualquier cosa y tomar diferentes formas: pueden ser un libro, una canción, un color, una sensación, o un recuerdo. Cualquier objeto, animal o cosa. Sin embargo, en algunos, la imagen de nuestro rostro se disuelve sin siquiera reflejarse, porque simplemente no reconocen nuestra esencia. 

Pero, ¿qué espejos se nos ofrecen hoy para mirarnos? Hablando de cine, como en muchas otras expresiones culturales, se nos ofrenda un canon fílmico que describe y privilegia al occidente. Se nos pide encajar y bajar la cabeza. La mayoría de estos productos se realizan en idiomas ajenos y son protagonizados por seres humanos abismalmente distintos. Los miro y me miro: ni mis caderas amplias ni mis ojos negros se encuentran en sus imágenes, como si lo bueno, lo bello y lo verdadero no pudiesen existir en mí.

Estoy sola y me pienso. 

La alfarería, así como yo, compone sus piezas de arcillas,

 que luego la flama cuece, las vuelve sólidas. 

Polvos, arenas y lumbre formando un cuerpo. 

A veces estoy sola viendo un filme y me encuentro.

Reflexión de la luz sobre un cuerpo del pasado

Frecuentemente en mi vida, el cine cumple la función de un oráculo. Siempre hay un filme que se empalma con las vivencias o pensamientos de mi camino; se presentan como mensajes que me ayudan a reflexionar. Son espacios para mirarme en el presente, pero también abren ventanas a mi pasado. 

Yo crecí feliz jugando con mi abuela en su jardín hastiado de flores, comiendo tejocotes y peras mientras mi mamá y mi papá eran una sombra que solo veía de noche si no me ganaba el sueño; aun en casa sus labores periodísticas continuaban. Por las mañanas escuchábamos Radio Red, Gutierrez Vivó y Tere Aviña daban los pormenores mientras nos preparábamos para dejar la casa sola todo el día. Yo creo que por eso la casa es fría. Yo también pasaba largos ratos sin compañía  y, aunque a veces jugaba con mi hermano o me entretenía escuchando las historias de mi abuelita, la mayor parte del tiempo me perdía en mí misma viendo las plantas, o en mis cuadernos de cuadro grande: guardando flores, dibujando sueños o tratando de escribir poemas en la parte de atrás. 

No supe que me sentía herida hasta que una mañana Jacques Doillon entró a mi casa y me presentó a Ponette (1996), una niña de cuatro años cuya madre muere en un accidente de auto.  Su padre la deja al cuidado de su tía, pues él, al asumir su estereotipado y añejo rol de género, tiene que irse a trabajar. Ponette se chupa el dedo de su manecita fracturada para encontrar consuelo, busca respuestas y hace todo lo que puede para procesar esa ruptura emocional que le escuece, busca a su mamá.

La cámara siempre va a su altura, la mira a los ojos y nos involucra en su duelo. Doillon expone a la infancia frente a las inclemencias de la vida y su crueldad. Qué abrumadores fueron los paralelismos que encontré ahí con mi propia historia: andar en los hombros de mi papá los fines de semana, chuparme el dedo, usar abriguitos incómodos, el cabello a ras de oreja y hablar sola con una vocecita tipluda y exigente.

Días más tarde volví a llorar cuando llegó la escena final de Verano 1993 (2019), de Carla Simón. Frida, una pequeña de seis años, huérfana también de madre, ríe con su prima mientras salta y juega en la cama de su nuevo hogar, al que tanto le ha costado acoplarse. Todos están contentos –un momento perfecto de mundana y alegre cotidianidad– cuando de pronto empieza a llorar; algo muy dentro de sí dolió: le dió sentimiento. Cuando le preguntan qué tiene, responde honestamente: “no sé”.

Finalmente, llegué a Todos se van (2015), de Sergio Cabrera, filme inspirado en la novela autobiográfica de la escritora cubana Wendy Guerra. La pequeña Nieve vive su infancia en una Cuba intransigente de los 80, que elige por ella su destino. Desde obligar a su madre a viajar a Angola como corresponsal de guerra, hasta escalar la pugna por su custodia entre sus padres y colocarla en un orfanato donde la ponen en adopción. Nieve se refugia en su poesía y en sus cuentos. Su escritura le permite salvarse y encontrar reciedumbre en sus letras de sentimientos.

Fue así que me encontré tres veces en esos retratos de niñas hastiadas de soledad. Pequeñas brillantes que en su desesperación exploraron y teorizaron sobre sus vivencias para accionar por ellas mismas.  Buscaron respuestas y se guarecieron en sus plegarias o en su escritura. Me lloré al llorarlas y lloramos juntas. Abracé a sus personajes y me abracé a mí misma, abandonando para siempre mi abandono. 

Reflejo de primavera: La antesis de las flores y sus amores

Crecidas las plantas y una vez dejado en el sustrato el caparazón de su semilla, llega la hora de las florescencias. La infancia ha terminado y, un día como cualquier otro, despertamos en nuestra casa con  antojo de amar. Nuestros cuerpos son otros, empiezan a soñar despiertos y desean. Al igual que las flores, buscamos el sol para crecer, queremos saber quiénes somos, quiénes podemos llegar a ser. 

En esta etapa de antesis, nos abrimos a nuevas experiencias para poner en práctica lo adquirido anteriormente. Nuestros primeros acercamientos al amor proyectan lo aprendido en filmes como La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast,  Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991). Para nuestra sorpresa,  la promesa del amor romántico se rompe –igual que nosotras– y buscamos otro tipo de respuestas, de consuelos.

Encontramos que los retratos de mujeres son siempre respecto al ser amado y su amor por ellos debe ser incondicional, desinteresado –la veracidad y valía de sus sentimientos reside en la magnitud de sus sacrificios–. ¿Quién soy? no está desligado del ¿cómo amo?, ¿cómo miro? y ¿qué pienso? Con los años y la experiencia de vivirlos nos amalgamamos, como las piezas de barro al fuego. Sabemos ahora que la mayoría de nosotras no somos como esas mujeres que se enamoran en las películas. Nuestros cuerpos, contextos e intereses son distintos.

Si hay un tema que cuestiono y medito constantemente es el amor. Cuestiono hasta su propia existencia, aunque me parece que lo he sentido. Bastaría revisar la filmografía de Éric Rohmer para comprender la esencia literaria y racionalizada que comparto con sus historias, además de sus complejidades circunstanciales. Los desesperados pensamientos de la veleidosa Delphine en El rayo verde (Le Rayon vert, 1986); la ingenuidad, honestidad y esperanza de Pauline en Pauline en la playa (Pauline à la plage, 1983); o las peripecias entrecruzadas de El amigo de mi amiga (L’Ami de mon amie, 1987), en donde los personajes se permiten entregarse a sus deseos con los dedos cruzados a las espaldas. 

Sí existen. Hay filmes que se acercan a la realidad gracias a su franqueza y a la sensibilidad de sus cineastas. Para muestra la trilogía Before de Richard Linklater. Puedo mirarme en los dos primeros filmes gracias a Céline. Ella ama como yo amo, racionaliza lo que siente, lo problematiza con base en sus valores y sin embargo desecha sus hipótesis en cuanto se entrega a sus pasiones en Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995). Por otra parte, en Antes del atardecer (Before Sunset, 2004)  explora una síntesis de todo lo que provoca el paso del tiempo entre dos personas: Céline destapa sus angustias existenciales y explota. Encuentra su fortaleza en su vulnerabilidad, es valiente y canta. Se sincera y así se agencia de sus sentimientos, de su destino, de su propia historia de amor. 

O Som da Terra a Tremer (1990), de Rita Azevedo Gomes, fue el caso en que me observé en Luciano. Este filme alberga una poesía exacerbada de sentimiento y arrojo dotado de un misterio evanescente y fascinante. Se trata de Alberto, un escritor que no escribe y se estanca en la ciénega de sus pensamientos mientras piensa a Luciano, el personaje de su nuevo libro, que como él, tampoco consigue ejecutar su oficio: es un pescador que no pesca. Las letras combinadas con las imágenes, tirarse de boca en aguas empantanadas y escribir cartas de amor. Nunca nadie pronunció con más atino la incertidumbre que existe al abrir el corazón a un desconocido, como en esa carta que escribe Luciano.  

«Quiero decir lo que siento y no sé qué decir. Me gustaría saber tu nombre primero. 

Sin buscarte, te encontré y ahora sé que no tenemos ayuda, ni del calor de la luz ni de la frescura de la noche. 

No hay necesidad de arte o dirección. 

(…)

Ahora sé que el amor existe solo entre aquellos que ya lo poseen en sí mismos. 

Porque estamos solos y no sé cómo decírtelo. Y si lo que he visto de mí en tí es cierto, te estoy esperando. 

Quiero aceptarte. Tengo que irme mañana. ¿Qué siento? 

Ahora estoy solo. Probablemente soñé. 

Ahora reconozco la dura bestia del campo, pero yo quiero, ven.»

Luciano

A veces me encuentro con personajes que viven y sienten como yo, que escriben cartas y se embeben en la poesía, que cantan y se embelesan entre diálogos que languidecen haciendo hincapié en la emoción y los pensamientos.  

(Suspiro)

Las mujeres somos seres humanos, distintas entre nosotras, plurales en epistemes e identidades.  Así como en la alfarería, nos formamos de tierras de muchos lados y nos unimos en la lumbre. 

Sobre la mesa se han puesto infinidad de viandas, flores y espejos. Y de entre todo aquello elijo con libertad, ejerzo mi agencia, sobre todo cuando en lo que tomo me encuentro. Miro en silencio lo que no entiendo y medito sobre lo que no comparto, donde no encajo, quiero ni querré hacerlo.

Te invitamos a leer: Un paraje selvático

Paulina Vázquez. Creadora multidisciplinaria. Licenciada en Artes Visuales por la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Artista visual representada por MillenialArt México, crítica de cine y poetisa. Cuenta con múltiples exposiciones individuales y colectivas. Actualmente colabora en Lumínicas, FilminLatino, Girls at Films, F.I.L.M.E. Magazine y Fotogenia Podcast.

Un comentario Agrega el tuyo

Deja un comentario