El empoderamiento en ‘Desenfrenadas’

Por Aylin Colmenero

Entre blusas bordadas, vellos en las axilas y persecuciones en carretera, la serie Desenfrenadas (2020) hace un intento por mostrarnos una historia de sororidad y empoderamiento. Sin embargo, detrás se esconde una historia con miedo de romper los estereotipos hacia las mujeres.

El empoderamiento femenino en los medios audiovisuales no es algo nuevo. El femme film nos ha mostrado películas en las que el protagonismo que antes se llevaban los hombres enseñan ahora a personajes femeninos que no solo sufren por amor o son más que las leales acompañantes; ahora son el foco principal y la trama se centra en ellas.

Pero en muchos casos estas películas solo son los mismos personajes masculinos, solo que ahora las protagonistas que los interpretan son mujeres. Historias que carecen de una verdadera perspectiva de género como Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, George Miller, 2015) o Mujer Maravilla (Wonder Woman, Patty Jenkins, 2017) fueron de las más taquilleras en México en sus años de estreno. De acuerdo con datos del Anuario estadístico de cine mexicano de IMCINE, en 2019 del top 10 de películas vistas en nuestro país, solo tres fueron protagonizadas por mujeres: Capitana Marvel (Captain Marvel, Anna Boden y Ryan Fleck), Frozen II (Jennifer Lee, Chris Buck) y Maléfica: dueña del mal (Maleficent: Mistress of Evil, Joachim Rønning). De estas, solo dos fueron codirigidas por mujeres. En 2018 ninguna fue ni protagonizada ni dirigida por una mujer.

Entonces, ¿qué tan empoderante es realmente una producción que en pantalla cumple con el test de Bechdel, pero en la que detrás no existe el trabajo femenino? Es fácil caer en la comercialización de la liberación femenina, pero pareciera que las productoras dan poco espacio a que realizadoras se desempeñen en estos proyectos.

Desenfrenadas (2020) sirve como ejemplo de un producto que fue diseñado y comercializado bajo estandartes feministas, pero que fue dirigido, producido y escrito por un hombre. La serie es una producción de Netflix y la casa productora Caponeto, y nos presenta una historia de tres jóvenes citadinas a quienes se les revienta la burbuja privilegiada cuando realizan un viaje a Oaxaca y se encuentran con una chica cuya historia de vida es completamente diferente a la suya.

Desenfrenadas, con un estilo road movie a lo Thelma & Louise (1991), de Ridley Scott, nos cuenta en 10 episodios los conflictos de estas amigas en sus relaciones con los hombres, además de replantear la forma de relacionarse entre ellas. Vera (Tessa Ia) es una fashion blogger en una relación codependiente con un DJ, el cual solo la busca para encuentros sexuales; Rocío (Bárbara López) es neurocirujana con un padre asfixiante, quien le exige seguir sus pasos, y un novio acaparador, con el cual se ve obligada a formalizar su relación; Carlota (Lucía Uribe Bracho) es una poeta feminista que mantiene una relación con su cibernovio, quien llega a amenazarla con publicar sus fotos íntimas; y Marcela (Coty Camacho), la responsable de su hermano menor, a quien su novio involucra en la delincuencia organizada y se aprovecha de ella dejándola con un proxeneta.

Cabe preguntarse si las problemáticas planteadas genuinamente nos representan. No solo por las actrices en el resultado en pantalla, sino desde el trabajo del guion, que en cierta medida sigue reforzando estereotipos sobre temáticas como noviazgo, amor romántico y sexualidad. 

Diego Martínez Ulanosky, showrunner de Desenfrenadas, comenta en una entrevista para VistaProdu que para la escritura del guion tuvo asesoramiento de diversas mujeres. Contó con la colaboración de guionistas como Samara Ibrahim, Estefanía Leal, y Lucero Sánchez Novaro, quienes figuran en los créditos. Sin embargo, no fueron ellas la cabeza del proyecto, por lo que éste estuvo permeado por una mirada ajena a la femenina y al frente de la serie. Según IMDB, aproximadamente 270 personas participaron en la producción, de las cuales cerca del 60% son hombres y 40% mujeres.

Aparentemente existe cierta equidad en la participación, pero una mirada más afinada nos indica que en los departamentos ejecutivos la ausencia de mujeres es más marcada. Con estas líneas no pretendo apuntar hacia Diego Martínez Ulanosky, sino hacer una crítica a la falta de congruencia de las producciones audiovisuales que, como Desenfrenadas, retoman el empoderamiento femenino como bandera, pero comisionan a hombres para su ejecución.

La contradicción de ésta y muchas otras producciones, como La sonrisa de Mona Lisa (2003) dirigida por Mike Newell y con un guion de Lawrence Konner y Mark Rosenthal, Talentos ocultos (2017) de Theodore Melfi, o Mujeres del siglo XX (2016) dirigida por Mike Mills, radica en la apropiación de las temáticas femeninas que idealizan a protagonistas fuertes e independientes, pero que en realidad limitan el espacio para que mujeres escriban, dirijan y produzcan historias desde nuestra perspectiva y experiencia.

Esto no implica que ahora los hombres deban dirigir hombres y nosotras a mujeres. No hay que olvidar que el proceso para llegar a una película (o en este caso a una serie) es igual de importante que el producto final. El cine nos acerca a otras realidades, por eso la importancia de una preproducción lo más sensible y documentada posible.

La intención no es limitar los departamentos creativos bajo una lupa de temáticas, ni hablar solamente de lo que nos es cercano o vivimos en carne propia.  Sin embargo, no es suficiente contar con el asesoramiento femenino si se siguen reproduciendo estereotipos de género, y aún así se siguen visibilizando más estas producciones dentro de la industria. 

La importancia de vernos reflejadas en pantalla radica, entre otras cosas, en que esto propicie la creación de espacios adecuados a nuestras voces. Además de que también es fundamental que nosotras como consumidoras tengamos el conocimiento acerca de quién está detrás de los proyectos que vemos y así saber bajo la mirada de quién se nos representa, tener un ojo crítico de quienes nos narran y cómo lo hacen. El cine puede ser una herramienta de amplificación de nuestras voces y así contribuir a cambiar el imaginario colectivo: permitiendo que sean las mujeres quienes cuenten sus propias historias.

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Aylin Colmenero (1997). Comunicóloga y feminista. Busco la
resignificación de espacios cotidianos a través de la palabra
y la lente. Investigo sobre cine, mujeres, viajes en el tiempo
y naves espaciales. Mi lugar feliz es una sala de cine. 

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