‘Promising Young Woman’ y la venganza en femenino

Por Fabiola Santiago

La promesa está ahí cada que percibimos nuestra fragilidad y sentimos en riesgo a nuestras amigas: si te hacen algo, lo quemo todo.

Estamos (¿cómo no?) hartas. Furiosas. Deseosas, muchas veces, de regresar el agravio. Cansadas de ser nosotras quienes cargan con las consecuencias de la violencia sexual.

Viene a mi cabeza el recuerdo de la vez que coincidí con el agresor de una amiga en una fiesta. Corrijo: lo recuerdo no con la cabeza, sino con el vértigo en el estómago y el calor en las mejillas que sentí, enojada por su presencia, pero encabronada porque fui yo quien se tuvo que retirar para salvarme de la amargura y evitarles a todos un mal rato. Viene a mi cabeza el recorrido minucioso que solía hacer por los catálogos y programas de mano de festivales de cine, intentando descifrar si participaría mi agresor, para evitar aparecerme y encontrarme con él.

Si las fantasías de venganza en el cine se atribuyen a las mujeres, es quizá por la escasa justicia que se nos da, falla que en la realidad nos orilla a elaborar mecanismos de prevención y escape.

Y, aun así, cada que veo en la pantalla una de esas venganzas elaboradas –casi siempre en manos de una mujer delgada y atlética, vestida en un atuendo que sin esfuerzo es cool– vuelvo a preguntarme cómo reaccionaríamos mis amigas y yo. La respuesta, entonces, cambia su rumbo: de la promesa de devolver la agresión, a la preocupación por ayudar, sanar o acompañarnos.

En la práctica, ese ha sido nuestro camino: encontrarnos, llorar juntas, abrazarnos, hablar, escuchar, intentar reconstruirnos.  En las ocasiones en las que he visto a una compañera herida, el primer paso siempre radica en nosotras. Quizá porque a estas alturas nos importa más procurar nuestra supervivencia.


Promising Young Woman (Emerald Fennell, 2020) comienza dejándonos claro quiénes son los malos: por encima de la música de un bar, el sonido elige destacar la conversación de un grupo de hombres que hablan de mujeres en una forma despectiva. Ahí, en el centro de todo, se encuentra Cassie (Carey Mulligan), dispuesta como carnada para los depredadores: sola y supuestamente alcoholizada. Una presa fácil.

Carey Mulligan como Cassie en Promising Young Woman. Cortesía Focus Features.

La película, que se vende como una promesa de empoderamiento justiciero, muestra de inmediato que Cassie no es una víctima indefensa, sino una mujer dispuesta a reeducar a los hombres. Probablemente sea este el único punto de congruencia entre forma y discurso, pues la protagonista se revela tan aleccionadora como la propia cinta. Aprendemos que perdió a una amiga luego de una agresión sexual y que en el camino se perdió a ella misma; ante la mirada de sus excompañeros y padres pasó de ser una prometedora estudiante de medicina, al estancamiento como empleada en un café. Las personas responsables por la agresión, en cambio, son exitosas y viven impunes.

A partir de este planteamiento de injusticia, es que se nos quiere vender a Cassie como una badass, la mujer dañada pero fuerte, tenaz, capaz de usar su aparente fragilidad y su evidente belleza hegemónica como armas.  


Aquiles arrastrando con rabia el cuerpo de Héctor fuera de Troya, Hamlet obsesionado con una venganza a nombre de su padre, o la esmerada y paciente revancha del Conde de Montecristo son representativas de un ímpetu en el que la reparación del honor está por encima de todo. Recuerdo con claridad –por el impacto que tuvo en mí- una escena de la adaptación de la novela de Alejandro Dumas en la que dos hombres participan en un duelo y, sin mayor reacción, uno mata al otro y sigue con su día. “¿Es tan grande el honor que no importa perder o quitar una vida así de fácil?” es una pregunta que me hago desde entonces.

A estas narrativas grandilocuentes hay una alternativa, desarrollada con mayor frecuencia por mujeres. En el relato De niebla, hierba y arena, de Vonda McIntyre, por ejemplo, una persona que cura con ayuda de serpientes pierde a un ser sumamente querido. Cuando en otros relatos eso hubiera desatado una lluvia de sangre (y, en mi primera lectura, pensé que hacia allá iba), ella se duele y se enfurece, pero no elige la guerra, sino que opta por retirarse con su dolor a cuestas.


En el mercado audiovisual actual se pretende hacer pasar como personajes femeninos dignos de respeto y protagonismo a mujeres con fuerza física, habilidades de sicarias, vengadoras siempre hermosas, siempre flaquísimas, siempre seductoras. Como si no saltar a la afrenta ni sucumbir a la rabia nos hiciera débiles, indignas, insuficientes. Como si no responder de la forma en la que históricamente han respondido los hombres, pero con el aspecto físico que se espera de lo femenino, significara para nosotras otra forma de fracaso. 

Carey Mulligan como Cassie en Promising Young Woman. Cortesía Focus Features.

Hay un dolor en Cassie que no se explora, pues el rumbo que toma ese sentimiento se decanta ya no por el daño al otro, sino por la autodestrucción. Un final lamentable para una película que se vende como un thriller refrescante y necesario. Desde donde lo veo, vestir de lipstick y tacones a la muerte no es tan empoderante como lo venden. La glamourización de los feminicidios no es mi fantasía, al menos no cuando leo esta película desde un país en el que los asesinatos de mujeres son nuestra tragedia y cotidianidad. 

Pienso, sin embargo, en la serie británica I May Destroy You y la fragmentación que nos ofrece Arabella (Michaela Coel) antes del final definitivo. Su autora y protagonista, víctima de abuso, escribió a un personaje cuya piedra angular es el desarrollo de ese trauma en un universo de múltiples matices. Arabella es imperfecta, vuelve a verse en una situación de abuso, se reencuentra con sus agresores, se descubre aceptando apoyo de uno de ellos, fantasea con la muerte del otro, luego con el sexo, luego con seguir adelante. Es natural soñar con devolver el dolor, e incluso con una conquista que resignifique nuestra relación con los victimarios, pero al final de toda fantasía quedamos nosotras con nuestras heridas. Y las heridas se tratan de una misma. Sanar es, primero, una actividad personal. Luego, colectiva con quienes están ahí para ayudarnos a hacerlo. Pero reconstruirse con suavidad y desde lo íntimo no es tan espectacular ni tan cinematográfico para la mirada masculina (de la cual, por cierto, no nos escapamos de inmediato por el hecho de ser mujeres, espectadoras, guionistas, directoras).

Michaela Coel como Arabella en I May Destroy You. Cortesía HBO.

¿Que Cassie consiga su “justicia” (¿la cárcel?) a cambio de su vida es algo que merece celebración? El pensamiento en blanco y negro, la buena contra los malos, o hacer pasar por idiotas a los hombres para burlarse de ellos no quita el hecho de que el cadáver de la heroína está enfriándose en el cuarto. Tampoco es divertida la manera en la que se deshacen del cuerpo en esta ficción, aunque la forma en que está filmada predisponga al público a la risa fácil. Sería pertinente hacer a un lado el entretenimiento y  preguntarse si eso es lo que la industria cree que queremos ver como respuesta a la violencia sexual. ¿Solo tenemos agencia cuando sometemos al enemigo (con pestañas postizas y medias de red)? ¿Qué es lo empoderante y por qué nos tendría que importar ostentar el poder?  ¿Creen que nos importa más quién suelta la última carcajada y no tanto sobrevivir a la crueldad?

La gran falla de perspectiva en películas como Promising Young Woman, o Ema (Pablo Larraín, 2019) o Rencor tatuado (Julián Hernández, 2018), en las que a una mujer se le va el cuerpo y las ganas en ejecutar su venganza, es que no dejan de poner a los hombres como el centro de nuestro mundo.

Las respuestas y consecuencias de la violencia son mucho más complejas que un cliché cinematográfico elaborado para ganar aplausos y dinero. Ante el dolor y la rabia -y fuera de las ensoñaciones simplistas de la pantalla-, es necesario gritar, sentir, dejarnos explotar, sí, pero es vital elegirnos y priorizarnos, ponernos a nosotras en el centro. Esa es tal vez nuestra revancha más incendiaria.

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Fabiola Santiago Padilla. Reportera y crítica de cine. Hago preguntas y escribo historias reales y fantásticas. Investigo sobre entretenimiento, cultura, y las representaciones de las mujeres y de las diversidades en la pantalla.  Veo películas y las comento.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fátima dice:

    Qué artículo, tenía tantas incomodidades con la película… y encontré aquí preguntas y puntos de vista para dialogarlas y seguir pensando. Definitivamente no hay que dejar de fuera a la industria y sus «tendencias» a la hora de observar el cine que celebra.

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