Un paraje selvático

No habrá nunca una representación verdaderamente diversa en el universo de los “productos” audiovisuales, ni tampoco en la expresión artística, sin una apertura en la mirada. Esta última idea es una contradicción puesto que el arte, para ser, requiere precisamente de esta amplitud, de una humanidad desaforada. En largas conversaciones sobre aquello a lo que se le llama “la mirada femenina” concluimos con algunas compañeras que no es más que eso, una extensión, la erradicación del sofocante sesgo impuesto por los varones desde tiempos inmemoriales y no tan inmemoriales cuando hablamos de la historia del cine. Para que las mujeres nos apropiemos exitosamente del lenguaje cinematográfico y configuremos a través de él nuevos órdenes narrativos visuales y textuales, habrá que incorporar nuestra experiencia en el mundo, y para ello habrá que hacerse nuevas e infinitas preguntas: ¿Desde dónde hemos visto/vemos las mujeres, por nuestra condición de serlo, tales o cuales acontecimientos? ¿Cuáles son los sonidos de mi infancia? ¿Cuál es el mejor emplazamiento para filmar este parto en específico? ¿Qué significado tiene la forma que elige esta personaja para higienizarse y cosmetizarse? ¿Cómo se ajusta el constantemente aludido “viaje del héroe” a un personaje relegado a las labores domésticas?, por ejemplo.

Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975). Paradise Films, UNITE 3

Preocupa mucho el hermetismo de los nuevos discursos que sustituyen viejas fórmulas por otras, preocupa la noción errada del arte legislado, ese que no tiene curiosidad ni valentía, que al no tomar riesgos, no sostiene ni se hace cargo del discurso que trae al mundo, como si no fuera este reconocimiento una condición ineludible al acto de crear. Preocupa que en esta nueva normativación se construye la creencia de que se puede prefabricar, preordenar, la representación de un grupo oprimido. Como si hablar de una experiencia individual, única, fuera un mueble que puede comprarse en línea y que se ensambla con ayuda de un instructivo. Cuando una pretende hacer arte o, en su defecto, un “producto” audiovisual que atienda la imaginación de una individualidad, una debería agarrar un machete y saber que va meterse a un paraje selvático. Una debería asumir que no se tendrán respuestas inmediatas, que se deberá trabajar desde la intuición, desde la información, desde las creencias personales, sean estas cuales sean y aunque a veces nos sorprendan; también desde, o a pesar de, las contradicciones y la vanidad. Se deberán atender al sinfín de decisiones que terminarán siendo una pieza audiovisual. Se deberá entender que no hay temas buenos y temas malos, lo mismo con los personajes y sus motivaciones y con el tratamiento que una les dé. Se deberá aprender que no hay coyunturas eternas. Y que lo que sí hay son posibilidades, conjugaciones, texto y subtextos, elementos cinematográficos ordenados de manera que generen, una vez pasada la parte más tupida de la exploración, pensamiento y emoción.

Cléo de 5 à 7 (Angès Varda, 1962). Ciné-tamaris, Rome Paris Films

El capitalismo se ha instalado cómodamente en el discurso feminista, no solo a través de las camisetas y las tote bags, esas son fáciles de reconocer y, ya entradas en gastos, hasta de disfrutar; también lo ha hecho a través de la edulcorización del pensamiento. Una película es “buena” porque cumple si juega epidérmicamente con el discurso que reconoce que las mujeres somos personas, ¿eso debería satisfacernos? Claramente Hollywood, como capital de estos esfuerzos, ha tenido un papel importante, pero no quisiera solamente apuntar el dedo al gigante y abstracto y obvio enemigo. Está en todos lados y en todas nosotras, creadoras independientes incluidas. Nosotras fallamos y caemos en la trampa cuando no entendemos las capacidades del lenguaje. Si no nos educamos sobre éste seremos repetidoras del nuevo discurso hegemónico. Perpetuaremos el mundo que nos oprime y que nos quita libertades, aunque en la superficie estemos tranquilas, pensando que el discurso enunciado nos dejó bien paradas. 

Preocupan los esfuerzos que queriéndose posicionar muy vocalmente en el “buen lado de la historia” narran, no solo narran, emocionan, a partir del dolor de las mujeres y convierten la desgracia en gozo voyerista que premia al espectador por simpatizar mientras disfruta, como si no viviéramos en un mundo que nos hace protagonistas una y otra vez de precisamente ese dolor que se pretende condenar. Preocupa que muchos de estos contenidos que pretenden denunciar, hacer crítica social y con ello cambiar nuestra realidad en el mundo, funcionan muchas veces inversamente, como herramientas disciplinadoras. Preocupan las historias que retratan, por ejemplo, a víctimas de violencia sexual desde una tradición normalizadora del tema, de regocijo incluso y con voluntad de espectacularizarla. No hay mucha diferencia si el espectáculo se produce en Netflix o en Rotterdam, en Sundance o en FICUNAM. Deberíamos, a través del cine, de las imágenes y los sonidos, intentar transmitir “la verdad”, si no “la verdad”, un trozo amplio de la experiencia humana, que por supuesto contiene a la femenina, con toda la violencia que se nos ha infligido en la historia, pero que también la condena desde la forma, desde el planteamiento de un lenguaje cinematográfico propio. 

Rawpixel Ltd.

Hay una posibilidad a través de nuestro oficio de narrar, de generar emoción y pensamiento a partir de nuestro deseo, a partir del mundo que queremos. Es importante concentrar los esfuerzos en nuestra mirada, en nuestra agencia, tomarnos en serio como seres deseantes. Amorosas, cuidadoras, pero también corruptibles o hurañas. Somos personas, no somos hadas. No queremos identificarnos con las mortales violentadas de los mitos griegos. En la medida en que reconozcamos, habitemos y proyectemos nuestro deseo seremos y estaremos representadas. 

A esto se le añade un truco más, la realidad fuera y dentro de los sets, de las productoras, de las alfombras rojas de los festivales. Una realidad que continúa diciéndonos: “Gobiérnate, Cuota”; “No quieras tanto, Anomalía”. Ante la disciplina que nos quiere imponer el sistema continuamente a las mujeres, frente al miedo, nos queda resistir a través del deseo. Se necesita ser una persona deseante para hacer películas, se necesita querer hacer, querer dirigirse hacia algún lugar, encontrar una montaña alta, imposible, y querer escalarla. Habitar una paradoja de Zenón. Porque ¿qué son el cine y la vida de quienes lo hacemos sino la desesperada búsqueda de una verdad que nos elude constantemente?

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Alejandra Márquez Abella. Estudió cine en el Centro d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya. Ha escrito y dirigido  de cine y televisión. Su primer largo Semana Santa se estrenó en el TIFF y puede verse en Netflix; el segundo, Las niñas bien, se estrenó en el programa de Platform también en el TIFF.  Tiene un first look deal con Endeavor + Exile donde desarrolla el proyecto de serie La liberación. Tiene créditos de directora en la siguiente temporada de Narcos Mexico y está en conversaciones para dirigir A Million Miles Away, la historia de José Hernández, un astronauta mexicoamericano de origen campesino. 

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