‘Mulán’: Hollywood, lealtad y superheroínas

Hubo un tiempo en que yo era de mi VHS de Mulán (Tony Bancroft y Barry Cook, 1998). A esa película le pertenecieron muchas tardes de mi infancia extemporánea, la que vivía casi de forma clandestina a los 12 o 13 años, mientras mis amigas de la escuela hablaban de marcas de ropa y algo llamado faje que siempre me causaba confusión. El estuche rojo, con plástico gastado, mostraba en su tapa a una chica asiática que, curioso, en ese momento llegué a pensar que se parecía a mí. Una espada dividía su rostro en dos: la doncella y el soldado. La mitad lucía un cabello negro suelto y labial rojo; la otra mitad estaba desprovista del añadido de la feminidad, pero también, de alguna forma, del de la masculinidad. La hoja de metal revelaba un alguien escondido de rasgos más delicados que los de un hombre, a quien me era difícil adjudicarle alguno de los géneros binarios. Una identidad secreta, más profunda y real, o eso es lo que yo creía. Mulán era otra por dentro y eso, en un momento en el que yo buscaba la diferencia, me pareció poderoso. 

Mulán (1998). Walt Disney Pictures

Poco me importó que, una vez iniciada la aventura animada, los rasgos de Mulán como soldado se masculinizaran para las secuencias de guerra, quizá por miedo a que la audiencia no aceptara su rostro de mujer haciendo esas cosas “de hombres”. Más aún, la heroína lograba, en aquella adaptación que Disney hizo del mito chino antiguo, validar en su mundo esa diferencia interna, encontrar la plenitud individual y salvar y servir a su gobierno en el camino. Todo, sin perder su lugar y su devoción familiar. En ese momento, a mis 12 años, me cimbró la fuerza de esa feminidad triunfante, que consigue al mismo tiempo la diferencia y la aceptación. Nunca olvidaré el impacto que me provocó ver que toda China termina por reverenciar en oleada a esa niña, quien acababa de comprobarles ante sus propios ojos que ella sí puede hacer bien, o incluso mejor, las actividades reservadas para hombres. Fue una reafirmación de un cuento que de cierta forma yo ya conocía, y que no es sino una versión del sueño americano: el feminismo como una búsqueda y ascenso individual. Entendí entonces que había un poder altamente recompensado en dos condiciones: ser una mujer excepcional, única, y la capacidad de serlo dentro y para el sistema. Una superheroína.


Las películas recientes del marqueteado girl power, ahora más frecuentes y vendibles después de la erupción de los movimientos Me Too, me hacen preguntarme todo el tiempo qué entendemos por poder. Qué es la fuerza y cuál de todas sus acepciones es la que consumimos junto con nuestras palomitas. ¿Ser fuerte es sorprender en solitario a todo un sistema que te ha menospreciado y encasillado, como sucede en Mulán? ¿Es tomar la feminidad, los tacones y el labial, y usarlos como armas, como sucede en Promising Young Woman (Emerald Fennell, 2020)? ¿Es ser una amazona aguerrida pero maternal como la Mujer Maravilla de Patty Jenkins? ¿O quizá protagonizar cruzadas temerarias para derrocar al opresor, como en El escándalo (Bombshell, Jay Roach, 2019)? ¿Es la venganza? ¿Tener la última palabra?  ¿Dar palizas como parte de un grupo de heroínas? ¿Es el golpe, el revés, la mujer que arremete, física o simbólicamente?

Quizá una pregunta más certera sea qué tipo de poder y fuerza se cultivan en estas historias y a quién sirven. Una versión reciente de Mulán, realizada por Walt Disney en acción viva y dirigida por la neozelandesa Niki Caro, retoma el arco de superación individual de su clásico animado e incluso intensifica su aura de superheroína: Mulán ya no es simplemente una chica común que no logra adaptarse a los moldes que su sociedad quiere imponerle, sino que también cuenta con un nivel alto de una fuerza llamada qi, que su padre ha alimentado con entrenamiento de artes marciales. Su hermana, por el contrario, parece que no contó con el privilegio de las clases, pues no posee ni el qi ni la misma disposición “natural” que Mulán. La protagonista es distinta en esencia a su hermana y al resto de las mujeres de su comunidad, y la rapidez, simpleza y orgullo con que la película acepta eso como punto de partida de su ascenso y gloria merecen una pausa para repensar. 

Mulán (2020). Walt Disney Pictures

El poema medieval de La balada de Mulan ha sido adaptado varias veces en literatura, teatro y cine. Cada versión, como todo mito, ha servido para reforzar los valores de su tiempo. En las dos interpretaciones que Disney ha elegido contar, sin importar que hayan pasado 20 años entre una y otra, parecen conjuntarse siempre dos discursos conservadores, que alimentan mucho del cine industrial del girl power. Uno de ellos, quizá el más popular y básico, es el que entiende al poder de las mujeres como el juego de cualidades que nos distancian de lo que se considera como femenino o pasivo (la ternura, el cuidado, lo doméstico) y nos acercan a lo que se piensa como masculino o activo (no solo la fuerza física y la destreza para la batalla, sino todo aquello que embiste). La fuerza y el poder muchas veces en la forma de ciertos talentos excepcionales y desmedidos, que les permiten entrar y ganar en las arenas prohibidas.  

Me inquieto cuando el llamado poder femenino proviene de ser diferente, de no parecerte al resto de tus hermanas, colegas, compañeras. Pienso hoy con añoranza en algunos de los mundos que nunca construí con otras chicas en mi adolescencia por perseguir el empoderamiento, porque me creí que se trataba de un mero asunto de personalidad, de actitud y, sobre todo, de talento individual. Un asunto de lo que le nace “naturalmente” a una y no a otra. De lo que cada una podría conseguir en el sistema si tan solo tuviera el mismo don, si se esforzara lo suficiente. De andar sola y clavarse en el mundo finalmente como flecha. La ficción de la diosa, de la mujer maravilla, es solitaria y poco amenazante. Es un destino que espera pacientemente a ser reclutado por la Historia, con mayúscula, la Literatura, la Política, el Sistema. Siempre recordaré con cariño la certeza que me dio la cinta animada de que podría ver  mi subjetividad reflejada en el mundo, pero también me compartió una visión de la feminidad que asciende que hoy, de adulta, me acorrala. Una visión que el estudio subrayó de nuevo en 2020.

Mulán es eventualmente reclutada. Su excepcionalidad y devoción son recompensadas y validadas al final de la aventura de Niki Caro. La excepción solo se convierte en tal cuando es incluida, finalmente legitimada. En su camino, la heroína se encuentra con una mujer más radical, presentada en la forma de una bruja, que la invita a aliarse para derrocar a la sociedad que las ha oprimido. Mulán se niega, porque también es diferente a ella. Las mujeres en la vida de esta heroína solo están ahí para probar lo distinta que es. Mulán es devota y sabe que solo debe esforzarse más y servir. Mulán es, sobre todo, leal, tanto a su gobierno como a su familia, y ese valor es grabado finalmente en su espada. Hoy entiendo bien que mi poder y mi fuerza solo son vistos como tales si se mantienen leales, individuales y dentro del sistema. Afuera, somos brujas.

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Jessica Oliva (1985). Editora y periodista.
Leo, escribo, bailo y me desvelo. Estudio
sobre comunicación y empatía, cine,
cuidados, resistencia y cansancios.

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