Elogio de la jícama

Por Camila Torres Castro

El difunto Cine del Bosque en Guadalajara tenía muchas virtudes, entre las cuales se encontraba el hecho de que vendían jícama en lajas en la dulcería. Era una comida complicada para la sala de cine: muchas veces se te escurría la salsa Valentina por la barbilla, te manchaba la camiseta y no te dabas cuenta hasta que prendían las luces. También era difícil no hacer ruido al morderla, porque eran pedazos grandes y jugosos que requerían de cierta pericia para morderse. La jícama estaba siempre muy bien escogida. No era como la que compraba mi mamá, que por alguna razón siempre escogía jícamas duras y secas, y que me recordaban más a una papa cruda que a otra cosa. Comer la jícama mientras veía las películas era una experiencia acuática, líquida. Había una sensualidad extraña en el inevitable escurrimiento y la sensación de estar haciéndolo a escondidas, en lo oscurito.

La jícama siempre me ha parecido otro estado físico del agua. Y como tal, una creadora de mundos. De heterotopías, diría Foucault, pero qué asco ese viejo. No se puede pensar el agua sin que ello te atraviese el cuerpo. El agua refleja, nutre, limpia, destruye. Me vienen a la mente los recuerdos de la jícama en el Cine del Bosque porque pienso en la Camila de la pubertad, descubriendo esos otros mundos posibles a través de la experiencia sensual de la jícama pero también de ver cine.

Milagros Mumenthaler hace del agua una fuente de memoria, como si el lago donde nadaba de niña fuera nada más un escenario para su propia interioridad. Me es difícil disociar el agua de la corporalidad femenina. El agua permite también movimientos que difícilmente se pueden hacer fuera de ella. En La idea de un lago (2016), Mumenthaler le da rienda suelta al ritmo de su propia psique al utilizar el lago como catalizador de la memoria. Esto es cierto también si pensamos en la composición física de un lago: una extensión de agua dulce, delimitada por terreno firme, sin mucho oleaje ni corrientes, con fauna particular de tal ecosistema, etcétera. Todas estas capas ofrecen posibilidades narrativas casi infinitas, algunas que pecan de obvias pero otras que no tanto (y tampoco es porque yo esté totalmente en contra de la obviedad, en absoluto). Cada lago es, al final, un mundo. La memoria hecha agua es un espacio similar, especialmente cuando se trata de una memoria fragmentada, incompleta, a la que cuesta volver. Mumenthaler aprovecha estos recursos para construir un relato incompleto también, pero donde la forma es una parte fundamental del fondo; al final, las viñetas que recrea cuentan una historia también a través de lo que están tratando de encubrir. El agua revela, pero también esconde.

La idea de un lago. Cortesía Alina Film y Ruda Cine.

Vuelvo a pensar en la jícama. La última vez que fui al Cine del Bosque fue con un novio hace como 10 años, quizás un poco más. Vimos Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t’aime, 2008) , de Philippe Claudel. Me acuerdo que yo quise comprar jícama y él me dijo que cómo, que el cine es para comer palomitas. Yo no sé por qué le hice caso, aun cuando a mí nunca me han gustado mucho las palomitas porque me dejan toda reseca y se me atoran en las encías. Esa fue la última vez que pude comprar jícama en el Cine del Bosque, y no lo hice. El principio de una era. Con ese muchacho no duré mucho, quizás un par de meses más y ya. La película, por cierto, trataba de una mujer que salía de prisión y a la que luego le costaba reintegrarse.

De niñas aprendemos muy rápido a negarnos. Yo fui una niña incómoda, no me gustaban las muñecas, me corté el pelo muy cortito cuando tenía como 7 años y me la pasaba soñando con vivir en el mar. Nadar era una de las cosas que más me gustaban (y me gustan, hasta la fecha), hasta que me bautizaron de gorda. Estaba yo en un trampolín y un niño detrás de mí dijo “uy, ahí viene la ballena”. Yo tenía más o menos 9 años, y desde ahí mi relación hasta entonces tan pura con el agua se transformó para siempre. Se convirtió en una fuente de ansiedades, de miedo de que alguien se diera cuenta de mi cuerpo. La relación que tiene el agua con la corporalidad es muy íntima. La manera en la que yo la acuerpo tiene que ver, naturalmente, con mi propia gordura y mi largo proceso de reconciliación con lo que soy, con mi propio placer, la agencia que tengo sobre mi cuerpo. En esta misma línea, Antonella Sudasassi propone una lectura de la relación cuerpo-agua a través del cabello de Isa en El despertar de las hormigas (2019), que en un primer momento parece ser una suerte de atadura. El cabello de las mujeres, ese tropo eterno que en ocasiones se utiliza como indicador de virtud. Cuando Isa lava su pelo también lo despoja de los significados que la mirada externa le impone; el agua se convierte así en su aliada, en una confidente que le permite tomar el control aunque sea por un momento. Hacia el final de la película, Isa comete lo que para mí es un gesto de amor radical hacia sus hijas y les corta el pelo. Por ahí andan las niñas felices, riéndose de su pelo cortito y mojado. Libres. De alguna forma, Isa está cortando las amarras que atan a sus hijas a una historia de opresión y silenciamiento. Aunque Isa ha encontrado momentos para volver a ella misma, este acto de amor trata de asegurar que sus hijas nunca tengan que negarse como ella lo ha hecho.

El despertar de las hormigas. Cortesía Betta Films y Solita Films

Creo que la(s) historia(s) de las mujeres es una historia del agua, también. Muchos de nuestros relatos están atravesados de alguna forma por ella, como este que ahora comparto sobre comer jícama en el cine. El agua es una constante, fluida y delincuente que no se espera ni se controla por nadie. Creadoras como Mumenthaler y Sudasassi le dan su giro personal para de últimas abrirnos una ventana a la intimidad de otras mujeres, tan parecida a veces a la propia. Ahí está también Araya (1959) de Margot Benacerraf, otra historia de y sobre el agua y sus matices. Hay un conocimiento ancestral que tenemos las mujeres sobre el agua, y que se va pasando de manera intergeneracional, como las historias que se cuentan antes de dormir. Están ahí, son ineludibles. Ya depende de una la decisión de entregarse de lleno a ella. Diría José Emilio Pacheco “digamos que no tiene comienzo el mar / empieza donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes.”

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Camila Torres Castro. Escritora y estudiante de doctorado. Investigo sobre la música y el cine, y sus intersecciones. También soy DJ con Chulita Vinyl Club. Me gustan las comidas con amigos y las albercas.

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