‘La llorona’: La fantasía como auxiliar de la justicia

Por Aylin Colmenero

A la llorona la oímos lejos porque está más cerca de lo que pensamos; somos las que lloran a sus hijxs, las que le lloran a sus ríos, a sus pueblos y a sus muertxs. A las que callan y desaparecen, somos las brujas que buscan justicia. 

Mientras veía La llorona (Guatemala, 2020), de Jayro Bustamante, era inevitable sentirme agobiada. Es una historia en la que no hay terror más grande que el terror a la realidad. Nos narra cómo el espíritu vengador de la llorona se desata contra Enrique Monteverde, genocida absuelto en su juicio. 

No es la primera vez que se le da una relectura a la leyenda de La Llorona, pero lo que hace Jayro Bustamante en la película se mueve dentro de tres ejes principales: el marcado colonialismo en Latinoamérica —y en especial en Guatemala—, la brujería como resistencia, y la maternidad desde varios ángulos

Esta es la tercera entrega de la trilogía del desprecio de Bustamante, en la que explora conceptos que nos son muy cercanos aunque esté ubicada en Guatemala; «indio», «hueco» y «comunista». Yo soy chiapaneca, por lo que «chamula», «joto» y «chairo» son mi pan de cada día cuando de palabras cargadas de desprecio se trata. 

María Mercedes Coroy como Alma en La llorona. Cortesía Cineteca Nacional.

En estas películas —Ixcanul (2015), Temblores (2019) y La llorona (2020)— encontré un espejo de mi cotidianidad, el feminismo decolonial me resonaba en cada una de las escenas. 

Lo colonial como la invasión 
y posterior dominación 
de un territorio ajeno 
empezando por el territorio del cuerpo. […] 

 Lorena Cabnal 
 Feminismo comunitario desde las mujeres Maya-Xinca de Guatemala

Primero, cómo la expropiación colonial de la leyenda está permeada de misoginia. Cuando se borra toda la cosmovisión de los pueblos originarios, a la Llorona y su leyenda se les quita toda la carga mística y política. Esta figura prehispánica se reduce a un alma en pena de la mujer que ahoga a sus hijos, una reinterpretación meramente colonial y patriarcal.

Visto desde una ventana actual, Guatemala está cansada de llorarle a sus muertos. Ha vivido un genocidio violento no solo fisicamente sino tambien en lo cultural, pues se han borrado saberes y sentires. Toda Latinoamérica es dolorosa y la Llorona es la figura que lo representa.

En la película hay una escena donde Alma (María Mercedes Coroy) y Sara (Ayla-Elea Hurtado) comienzan a ver a lxs muertxs dentro de las protestas, y me pareció imponente en el sentido que proponen las feministas comunitarias Lo que no se nombra no existe”. Mientras sigamos gritando sus nombres y sigamos exigiendo justicia para nuestrxs muertxs, ellxs seguirán aquí. 

Sin embargo, pareciera que la justicia es algo que no conocemos. Cuando vivimos en una ley que no ampara, con violadores y genocidas absueltos en estos simulacros de equidad, me gusta pensar en lo que propone esta película. Aquella mujer que puede regresar desde el más allá para ayudarnos a realizar la justicia que en este mundo no encontramos.

La llorona nos ayuda a pensar en la magia y la fantasía como auxiliares para encontrar justicia. Con sus escenas ambientadas con velas e incienso nos vemos representadas como mujeres de ritos y maldiciones, que resistimos a la imposición hegemónica que ahoga nuestras tradiciones.  

María Mercedes Coroy como Alma en La llorona. Cortesía Cineteca Nacional.

Otro punto destacable de la película es la imagen sobre la maternidad. No solamente como venganza de la Llorona por la muerte de sus hijxs sino en las labores de cuidado que mantenemos como mujeres, por motivo del mandato patriarcal. La casa del general Monteverde se mantiene por las cuatro mujeres que rodean al genocida: su esposa Carmen (Margarita Kenéfic), su hija Natalia (Sabrina De La Hoz), su nieta Sara y la trabajadora del hogar e hija no reconocida, Valeriana (María Telón). 

Bustamante nos presenta una imagen intergeneracional de mujeres que viven solapando a un violador, curando sus heridas y enfermedades, cuidando su imagen pública y haciendo sus labores domésticas. Una imagen en la que la penetración colonial de Enrique Monteverde no evoca solo violación coital, sino una violación a la integridad de todas las mujeres que lo rodean.

No obstante, también hay otro punto de vista respecto al tema. El maternar se puede manifestar en muchas formas, no solo en labores de cuidado que nos son impuestos, sino aquellos que elegimos al cuidar de nuestroxs hijxs, sobrinxs, alumnxs, etc. Esa imagen la encuentro en la cercanía entre Sara y Alma, una relación que representa nuestra empatía ante un hecho dolorosamente real. 

Al final de todo, y con un dolor en el pecho, recordé que somos las madres y las brujas, y no puedo evitar pensar en nuestra consigna de lucha. 

Van a volver, van a volver, las balas que disparaste van a volver.

La sangre que derramaste la pagarás.

Las mujeres que asesinaste no morirán, no morirán.

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Aylin Colmenero (1997). Comunicóloga y feminista. Busco la
resignificación de espacios cotidianos a través de la palabra
y la lente. Investigo sobre cine, mujeres, viajes en el tiempo
y naves espaciales. Mi lugar feliz es una sala de cine.

 

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