‘Varda por Agnès’: El susurro de la paciencia

Por Brenda Jiménez

“Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. […] Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.”

Los recuerdos del porvenir, Elena Garro.

La primera vez que leí Los recuerdos del porvenir sentí que cualquier cosa que creara tenía que iniciar de manera contundente, que las palabras o imágenes tenían que sentirse como una daga al corazón, con un mensaje fuerte y claro, como para mí fue leer esas letras. Pero no fue así. La primera vez que escribí fue poesía, según yo. Me encontraba en primer año de preparatoria y sentí que la vida ya se me había acabado. Tenía muchos problemas a mi alrededor, pero nunca fui una adolescente de muchas palabras; escribía y escribía.

Nadie nunca me leyó hasta que un profesor nos dejó de tarea escribir lo que quisiéramos y por supuesto que mi ego salió a relucir —por un momento pensé que ni siquiera tenía que revisar lo que había plasmado en aquellas hojas de papel—. Transcribí. Cuando me regresó mi trabajo ya revisado, me pude percatar de muchos errores que había cometido —y que posiblemente siga cometiendo—. Pero no lloré, tampoco el coraje me abrazó, lo único que pensaba era que si había salido de mi corazón, ¿por qué no era un gran poema?

Alejarme de la escritura no fue una opción —menos mal que no la consideré—. A los 14 años nadie me dijo que el proceso creativo también conlleva muchas horas sentada sin poder plantear nada, dándole vueltas a la misma idea, y pensar —una cree que no tiene mucho sentido, aunque tiene todo el sentido del mundo—. Y no, no abandoné el papel y el lápiz, estaba muy aferrada en escribir algo un poco más decente. Se fue aquel profesor y llegó otro, quien me enseñó a ver la poesía como una forma de expresión, es decir, yo sabía que era una forma de externar lo que una piensa o siente, pero nunca creí que fuese importante que otras personas te leyeran. Compartir-te.

La idea de que alguien más supiera cómo me sentía me aterraba un poco. Al cabo de unos meses me hice fan de la poesía de protesta, de leerla. Entonces dejé de escribir porque “no me pasaba nada”, cuando en realidad me pasaba todo. Cursé área IV (humanidades y artes) y simultáneo a esto, la maestra que más admiraba abrió un curso de fotografía y me enamoré de inmediato: quería escribir con luz. En aquel momento decidí que quería comunicarle al mundo, y aunque sin mucha idea de qué, quería crear.

Escribir con luz era un reto un poco más complicado que hacerlo con palabras; capturar el momento exacto implicaba querer controlar todo. Y no pude. No pude crear las cosas de la manera en que se veían en mi mente, parecía ser muy sencillo pero era todo lo contrario. Dejé de practicar —por supuesto que me arrepentí después—, no quería escribir, pero tampoco fotografiar; el panorama se veía desolador. Sin embargo, en la universidad entendí que nada de lo que creara iba a ser nuevo, pero que mi visión era realmente importante. Lo que dijera, así lo hubiesen dicho antes, era valioso porque nadie lo iba a contar como yo.  

«Cuando decides mirar algo de cerca, que puede ser trivial, ya no es trivial.»

Agnès Varda

Varda por Agnès. Cortesía Piano.

La cita de Elena Garro, más allá de que fue mi fuente de inspiración como creadora, la recordé mientras veía Varda por Agnès (2019). Yo soy fiel creyente de que el cine, si bien se considera como una actividad colectiva, es un acto meramente individual; aunque estés en compañía, nadie ve lo mismo que tú. En cada uno de los ojos que han visto a Varda, ella está de manera distinta. Reitero lo importante que es contar historias aunque ya se hayan contado.   

El documental plasma lo que fue su trayectoria como directora de cine, pero algo que me pareció peculiar fue que hablara sobre la espontaneidad del momento. Me abrió los ojos. Yo ya había dejado de lado la idea de querer controlarlo todo; sin embargo, me detengo cuando la hora de filmar se acerca, y siento que me hace falta todo. Autosabotaje. Los múltiples pretextos que nos ponemos a la hora de crear, quizá por miedo (es mi caso), ya no puedo seguir usándolos.

Necesito paciencia. Varda menciona tres palabras fundamentales a la hora de hacer cine: Inspiración, y automáticamente recuerdo la razón por la que quiero filmar, pongo una paloma en mi libreta pero me detengo cuando la que sigue es la creación; no sé con qué recursos hacerla, pienso en lo que me hace falta y empiezo a disociar… pero presto atención y escucho que a veces hay que hacer cine con lo que haya. Se me caen los miles de “argumentos” que digo cuando pospongo mi proceso creativo. Finalmente menciona compartir; me alegro porque ese miedo ya lo superé.

Me encuentro perpleja al mirarla humana, al ver que ha tenido películas con muchísimo éxito y otras que no han tenido el reconocimiento que se merecen; es decir, no siempre vamos a obtener la misma respuesta con todas nuestras creaciones. Me di cuenta de que a veces una misma es quien se pone piedras en el camino. Con la llegada de los años 2000 Varda se reinventó y siguió creando. Aún con las implicaciones que conlleva esta nueva era “tecnológica”. Se me volvieron a caer los pretextos.

“Estábamos abiertos a grabar cosas que no entendíamos. Porque en el cine, y en general, es importante sentir, vivenciar.”

Agnès Varda

Varda por Agnès. Cortesía Piano.

Me llené de coraje porque me vi desperdiciando oportunidades. No quiero decir que me siento culpable —aunque sí, un poco— pero verla tan honesta me dejó pensando en un par de cosas; la primera es que quizá debería empezar a sentir, no etiquetarme como “intensa” y dejar que el sentimiento desborde mi ser. La segunda cosa fue que debo dejar de asumir que no puedo crear.

Varda por Agnès es más que otro documental sobre cine y todas esas cosas técnicas que existen a la hora de producir una película. Me atrevo a decir que es una lección de vida, y no sólo para las personas que quieren hacer cine, sino para cualquiera, porque en lo que sea que hagas, puedes crear.  

Ahora parece que he romantizado la idea de filmar y que esto es una invitación a que agarres tu cámara o tu celular y grabes lo que sea (y sí lo es). Pero, regresando al inicio de este texto, vuelvo a cuestionarme: ¿será tan buena nuestra primera creación? Lo más seguro es que no. Aun y si la hacemos con el corazón en la mano, no es suficiente. ¿Qué se necesita? Paciencia. Es fundamental, porque para ser brillante se requiere intentarlo una y otra vez sin rendirse, sin autosabotearse.

Parece que Varda me susurró al oído: p a c i e n c i a.   

Soy mujer, al igual que ella; las palabras que dijo —y sigue diciendo— a través de sus trabajos me abrazan todo el tiempo, porque más que contar historias se contaba a ella misma, siendo mujer en este mundo machista y patriarcal. No, no es Cléo de 5 a 7 (1962); Réponses de femmes (1975) es quizá mi cortometraje favorito en el mundo, pero también lo que más me gusta de toda su filmografía. No hace falta preguntar por qué, lo personal es político. Soy mujer y nunca me sentí más orgullosa de serlo que cuando veía aquel trabajo de Varda. Pero más allá de hablar sobre el recorrido que la llevó a ser una de las cineastas más importante de todos los tiempos, quisiera hacer énfasis en el sentido de humanidad que tuvo al hacer cualquier filme. Creo que para ser brillante, también se requiere de empatía —poder conectar con las personas—, realidad y amor. Paciencia.

Al igual que muchas mujeres estoy cansada de ver estereotipos, de ver cómo tendría que actuar, de cómo tendría que responder ante la violencia estructural contra nosotras, de ver cosas irreales planteadas como una posibilidad. Paciencia. Porque en un mundo donde no hay más que entropía, puede parecer insignificante plasmar realidades; la nuestra, o quizá otras que necesitan ser vistas. Es desgastante y agotador, pero imprescindible, como Agnès Varda.

Brenda Jiménez. Amante del cine y comunicóloga social. Me gusta escribir
con luz y con letras. Mi sueño es lograr resignificar
el papel de la mujer en el cine y la televisión
desde una perspectiva feminista.

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