Cine y crianzas: Jimena Montemayor

Por Jimena Montemayor

Nunca me gustó eso de llamarles bebés o hijos a las películas. Sería una tortura hacerle a un ser humano lo que le hacemos a las películas; las creamos, a veces por una necesidad emocional, un sentimiento, otras por dinero para luego diseccionarlas, arrepentirnos, exponerles, cubrir fallas y finalmente sacarlas al cuarto oscuro, a la crítica, a los ojos de todos y todas.

Supe que estaba embarazada la primera semana de rodaje de mi última película, Mujeres del alba, un rodaje fuera de la ciudad con muchas locaciones en campos y pequeños poblados. Los nervios y mareos que adjudicaba a una película compleja, coral, con una carga familiar y emocional eran los síntomas del primer trimestre. Ahí nuevamente trataba de unir ambos procesos: uno profundamente personal, lento, invisible ante los ojos de los demás e incierto; el otro, el de la película con su propia inercia, imparable, llena de artificios, de muchos otros, de calendarios e igualmente incertidumbre. La película de alguna manera habla de la maternidad, de la madre tierra.  Fue un rodaje difícil, todavía no sé si más difícil por la producción o por el embarazo.

No había manera de ver a ningún doctor para darme seguimiento en todas las semanas que duraría el rodaje. Entre los horarios y las locaciones, no quedaba más que esperar, vivir la cruda eterna del primer trimestre, filmar y descansar cuando había oportunidad. Pocas personas del crew lo sabían, no quería dar la noticia y perderlo por la presión y el estrés del rodaje.  No quedaba más que confiar en ambos procesos, no exigirle más a ninguno y saber que todo podía pasar.

Jimena Montemayor durante el rodaje de Las mujeres del alba
Foto: César Perlop. Cortesía Jimena Montemayor

Me apresuré a terminar la edición de la película por miedo a lo que podía sucederme después, perder interés en ella, desconocer el mundo de antes y desconectarme con lo que hasta ahora era yo.  Al final el mundo cambió, el mundo de todas y de todos. Mi hijo nació al inicio de la pandemia, la soledad y aislamiento social que conlleva el puerperio la compartí con todos y todas mis conocidas. Fue perfecto para mi familia, aisladxs, sin la angustia de saber que nos perdíamos de algo allá afuera, sin ojos externos y sin juicios fuimos creando y conociendo nuestra pequeña manada.  No me imagino vivirlo de otra manera. Abrazo a todas mis amigas madres que tuvieron que salir sin ganas y sin quererlo a cumplir con las expectativas que el mundo y la sociedad le piden a una recién madre.

Además de recibir muchos consejos no solicitados por doquier, encontré una red muy bonita de compañeras, de espejos, de contención a las demandas afectivas de un pequeño ser, conocí y reconocí a mis nuevas colegas de maternidad.

Pasaron los meses y regresé a la postproducción de la película. No me sentí iluminada por la maternidad, no desconocí el material ni a mí en la labor de directora.  Sentí amor por esa película y ese trabajo de tantos años. 

Creo que las películas sí comparten una energía de vida cercana a un hijo o una hija. Traen una pulsión de vida, una necesidad de crearse, de vivir, de salirse de control y experimentar, de ser parte del mundo. A veces las decisiones que toma una como directora, como director, pueden resultar egoístas a los ojos de los demás; al igual que tener un hijo, una hija en esta era, en este mundo. Y luego lo tienes y te vas quedando detrás y ellxs descubren su camino.

Pienso en los “grandes directores» que maltratan a su equipo de trabajo con el fin de hacer una película que trascienda, que gane reconocimientos, premios y que presumen ser grandes padres, seres amorosos, preocupados en temas sociales, relacionados con un cine profundamente humano.  Pienso en la gente que maltrata, que hace cosas atroces para que a sus hijos no les falte nada, que oprimen los derechos de otro más vulnerable para asegurar el futuro de los suyos. Nada me hace sentido. 

Me digo que no quiero ser una buena madre a costa de otros.  Me da pena decirlo en voz alta, pero prefiero concentrarme en tratar de ser buena persona en momentos de crisis, en momentos de miedo y de caos como son los rodajes y la crianza.  A mi hijo le faltarán cosas, como a mis películas, y sabremos resolverlas con lo que tenemos, con amor, con disciplina y respeto a lo que nos rodea.

Quiero seguir haciendo películas, escribiendo, quiero seguir yendo al cine o verlo de casa. Quiero seguir hasta que ya no quiera más. Y abrazar esas pequeñas mentiras con verdad que son las películas. Y me gustaría que cada que veas una película que te arrebata y que te conmueve, nadie haya sido violentado. Que construyamos un lugar mejor fuera de la ficción, en el set, que haya verdad en esa gran mentira que es hacer cine.

Me quedo con Lucrecia Martel, con David Lynch, con mis otras queridas colegas y dejo ir a esos ídolos que dinamitan el proceso creativo.

Jimena Montemayor. Ha dirigido películas como En la sangre,
Restos de Viento y Mujeres del alba. Escritora.
La no tan loca de los gatos y perros.

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