La casa a cuestas: maternidad, disidencia y movilidad en ‘Lo que queda en el camino’

Por Astrid García Oseguera

La travesía que relata Lo que queda en el camino (Alemania, Brasil, México, 2021) es la misma que muchas otras mujeres y personas de la comunidad LGBTTTI+ deciden tomar para resguardarse de su entorno. Recurren a este esfuerzo humano de movilidad —convertido en los últimos años en un continuo conflicto de intereses políticos que deja a un lado el respeto por la vida humana y la dignidad— al ser la única salida accesible a una realidad permeada por el contexto político, económico y social de su nación.

El documental recoge una mirada íntima a las formas de supervivencia que una joven madre inculca a sus hijos mientras lo legal, la condena social, el racismo y la ignominia hacen de este recorrido un trayecto tan esperanzador como doloroso. En la presente entrevista conversamos con Jakob Krese, codirector del filme, Antonio Fúnez, asistente de producción e Irving Mondragón, administrador de Casa de Luz, (refugio migrante LGBT+) acerca de lo que significa vivir esta experiencia codo a codo con una familia que se recompone caminando con la casa a cuestas. 

Lumínicas (L): Tengo entendido que estuvieron varios meses acompañando a la caravana, ¿a nivel logístico cómo funcionó el proceso de producción dentro del contexto de estar en permanente movilidad?

Jakob Krese (JK): A veces fue muy complicado porque no había facilidad en cargar la batería de las cámaras, ni vaciar la memoria. Llegábamos cansados a algún lugar, a un parque. Una vez ahí había que cargar el equipo, lo que significaba que teníamos que dormir hasta tarde. 

Desde muy temprano (personas de la caravana) comenzaban a gritar “vámonos, vámonos”. A veces dormíamos apenas una hora. Nos impedía grabar escenas de, por ejemplo, cómo se despertaba la gente. Así que teníamos que despertarnos aún más temprano para poder filmar esos momentos. 

Irving Mondragón (IM): La caminata empezaba entre las 4 y las 6 de la madrugada para evitar el calor intenso. Entonces te tienes que levantar, agarrar las cositas que traigas y localizar a las personas con las que vienes o estás conociendo y es una cuestión de azar. Vas caminando sin saber si un camión se va a parar o si te va a subir. Todo el mundo iba con la caminata y era cuestión de suerte. Te podía tocar llegar antes a un punto de encuentro y esperar todo el día a los demás.

JK: La caravana es tan grande que no se puede estar totalmente juntos.

L: ¿Cómo se comunican quienes van con la caravana?, ¿tienen redes ya establecidas o es algo que va surgiendo en el momento?

IM: Todos están comunicados en grupos de WhatsApp con mensajes de “¿dónde estás?”, “no te vayas por acá”, “hay comida por aquí”, “llegamos al albergue”. 

Antonio Fúnez (AF): Además de los chats y comunicación. Es el interés por la persona que va caminando junto a ti (lo que te hace mantenerte comunicado). Es el mayor reto porque tienes que decir “no me voy a quedar atrás, voy a ir despierto”. 

L: ¿Así es la solidaridad entre los miembros de la caravana como se vio en el documental en donde en ocasiones Lilian (la protagonista) llegaba a quedarse en el camino atendiendo a sus hijos?

JK: Sí, claro, había siempre gente esperando en puntos de encuentro, pero debes imaginarte que la caravana es de entre 7 y 13 mil personas. Entonces, aunque existan estaciones para reunirnos, en el camino todo puede pasar: la gente se pierde o un camión es muy pequeño, hay un retén, lo que sea. A veces vas súper bien y en otras ya todos van dispersos. Como sucedió en Guanajuato donde nos prohibieron tomar camino por las carreteras federales y ahí fue un caos total porque la gente se perdió caminando, otros se adelantan o se retrasaron.

L: Cuando comenzaron a grabar a Lilian y a su familia, ¿los niños o ella llegaron a estar incómodos o con dificultad para soltarse frente a la cámara?

JK: No porque a Lilian la conocimos a través de una amiga con la que estábamos filmando y cuando ella dejó de seguir la caravana nos pidió que le echáramos un ojo y esa oportunidad permitió que se diera de forma orgánica el conocerla y filmarla. El lazo más especial se hizo con los niños. 

Lilian fue muy interesante porque era una persona que no estaba buscando la cámara. Parecía que casi no le importaba y es una persona por lo general cerrada.

AF: De hecho, yo soy siempre una persona que busca respetar los límites de carácter de las personas. Con Lilian se dio primero confianza porque estuvimos primero platicando de cosas muy personales. No somos todos abiertos a brindarle la confianza a cualquiera, menos si estás entre 13,000 personas; no es fácil abrirse. 

JK: Fue interesante cómo se fue desenvolviendo. Ella fue decidiendo qué contar y qué no a lo largo del camino.

AF: En ningún momento le pedimos que dijera nada en específico. Todo surgió porque ella quiso.

L: Yo percibí que por las charlas cotidianas que ella tiene con sus compañeras o por teléfono es posible hilar su historia. Gracias a esa cercanía que ustedes mencionan con los niños, ¿notaron peculiaridades en cómo se relacionaban con su contexto? Por las secuencias de Lo que queda en el camino es posible observar cómo al avanzar en el camino se van adaptando a las circunstancias y ser muy sensibles.

JK: Esos niños me cambiaron la perspectiva en muchas cosas. Son muy especiales en la convivencia en cómo llevan la alegría a los caminos. La confianza que te dan, cuando llegan y te dicen lo que sea.

AF: Tienen un alto nivel de empatía porque con todo mundo se relacionaban, caían bien. Aunque estuviesen cansados nos daban alegría durante todo el trayecto.

IM: Son niños que crecieron en el campo, trabajaban en el sembradío con la mamá. Tienen mucho conocimiento de la naturaleza. Ellos se cocinan, son autosuficientes. La situación de violencia intrafamiliar que vivieron fue tan complicada que uno de ellos intentó reventarle la cabeza con una piedra a su papá. Entonces al salir, avanzar, estar libres, dejar atrás todo eso, creo que están muy felices y muy desenvueltos. 

L: Como si fueran muy conscientes de su entorno, ¿no? De que lo que están haciendo con su mamá es algo para cambiar de realidad. Algo que por lo regular llega con la madurez. En ese sentido, quisiera hacer una mención al discurso que Tatiana Huezo dio al recibir el premio a mejor película dentro del GIFF; comentó que su intención al realizar Noche de fuego es cuestionar cuáles son las lecciones que le estamos dejando a nuestras infancias con las acciones que hacemos para protegernos de lo que nos rodea. Con lo que ustedes filmaron de la maternidad tan particular de Lilian, noté enseñanzas hacia sus hijos sobre la paciencia y resiliencia a través de actos, más que con palabras, ¿esto se reflejaba en la forma de actuar de los niños?

IM: El ejemplo más claro es Blanca, su hija, ella estaba muy consciente de que no quería que nadie se le acercara, que no tiene que hablar con ningún hombre. Por lo que le tocó vivir ya tiene algo por lo que estar en contra de ese trato. Decía que si alguien se le junta le va a dar con un palo en la cabeza. Le decía a su mamá que no quería ser igual que ella, que no quería tener hijos ni una vida así. Lilian se sorprendía mucho.

JK: Lo interesante es que en sus juegos podían actuar mucho como niños, pero sí se están dando cuenta de todo. De hecho, como lo menciona Irving, eran niños que trabajaban y se nota en cómo le hablan a los demás. Sobre todo Sergio, que juega un rol de cuidar a la familia. Todos son muy despiertos y se protegen entre ellos.

IM: En el refugio donde vivimos hay personas de la comunidad LGBT+ y ellos no cuestionan si una mujer es mujer aunque haya nacido como hombre. Lo manejan muy bien. De ellos no va a venir una discriminación a lo diferente. Tienen mucha madurez a su edad.

JK: El viaje les trajo mucha tolerancia. Aunque nos cambió a todos, para ellos no va a ser fácil repetir actos de discriminación. 

IM: Por lo que nos tocó pasar, ellos están conscientes de que no quieren repetir las mismas situaciones.

Lo que queda en el camino fue galardonada con una mención honorífica durante la premiación de clausura de la edición 24 del GIFF dentro de la competencia oficial a mejor largometraje documental. Próximamente comenzará a presentarse en festivales de la República Mexicana como DocsMX.

Astrid García Oseguera. Demasiado de todo.
Escribo porque siento y viceversa.
Neurodivergente. Nadando todo el día en pelos de gato.
Quiero vivir de analizar el metalenguaje en la comedia,
el cine autorreferencial o la intertextualidad.

Deja un comentario