Mirar lo cotidiano

Por Elizabeth Citalán

«Existe mucha belleza en las cosas ordinarias, ¿no es ese un poco el punto?» dice Pam Beesly, uno de los personajes principales de la popular serie The Office (NBC, 2005-2013), en un momento clave que ayuda a descifrar el propósito de haber acompañado a los empleados de la distribuidora de papel Dunder Mifflin durante casi diez años. Para mí, fue una grata coincidencia toparme con esta última frase porque, sin querer, venía a cuento con esta persistente inquietud que había estado rondando en mi cabeza durante varias semanas, y que resurgió en uno de los tantos lapsus introspectivos a los que me llevó el confinamiento.

A propósito de la pandemia, sobra decir que el tener que convertir la casa en lugar de trabajo, escolar o multitaréico (si acaso existe esa palabra), significó también la necesidad de reconfigurar el espacio y, por ende, convivir y reconocernos en el nuevo proceso de adaptación. Las rutinas se volvieron el pan de cada día durante casi un año y medio, y es precisamente en eso donde me gustaría detenerme.

Despertar, desayunar, trabajar, conectarme al aula virtual, terminar cosas de las prácticas profesionales durante los tiempos muertos entre clases, descansar y tomarme una aspirina fueron la gran constante para mí en momentos en los que lo más cercano a la normalidad lo encontraba en series y películas. Más pronto que tarde me descubrí a mí misma disfrutando contenido de gente haciendo actividades cotidianas, como la odisea que representaba mudarse de casa o el, a veces extenso, a veces caótico, recorrido hacia el trabajo. Pero siempre extrañando esa infravalorada cotidianidad.

Decidí iniciar esta pequeña reflexión con The Office porque es una de las series que a mi parecer exploran lo mágico de lo cotidiano de una forma preciosa y además contundente; desde entender las dinámicas de un trabajo en equipo hasta compartir el tiempo de descanso con lxs compañerxs, hacer bromas de vez en cuando y, principalmente, combatir a este horrible sistema tan quitado de empatía y de conexión generando vínculos con el otro, encontrar lo bello en todo lo monótono, convirtiendo a esta cotidianidad en un acto de revolución.

Ese interés particular en el retrato de lo cotidiano me llevó a toparme con cintas como El club de los insomnes (Sergio Goyri Jr, Joseduardo Giordano, 2018), que es en esencia una aventura de dos desconocidos que no logran conciliar el sueño y pasan sus noches en compañía de la cajera de un minisúper, descubriendo la cantidad de gente interesante que visita las tiendas de conveniencia mientras el resto de la ciudad duerme. O Fractal (Mariana González, 2020) en la que acompañamos a tres amigos que, después de una noche de antro, emprenden un recorrido alrededor de las calles de la CDMX para encontrar a su amiga perdida desde la noche anterior. Ambas desarrollando situaciones tal vez no muy complejas o cuyo trasfondo podría conectar con un estilo de vida más realista —o que bien podrían pasar como la clase de anécdotas que se cuentan entre amigxs.

Sin embargo, y a pesar del esfuerzo que estas cintas realizan —sobre todo ante el riesgo de abordar temas que en una primera lectura podrían resultar “sosos” o “aburridos”—, debo admitir que, si quisiera proyectarme en ellas, sería completamente imposible y esto es, esencialmente, porque seguimos hablando de experiencias desde la blanquitud.

Para empezar, una vasta mayoría de estas historias tienen como escenario principal a la magnánima Ciudad de México, punto menos para nosotrxs los provincianos por no encajar ni entender la jerga capitalina, y, en segundo lugar, el hecho de que —incluso ahora que la discusión sobre el racismo y el clasismo dentro del cine mexicano está más que a flor de piel— sigamos viendo películas con nada más que ofrecer que modelos aspiracionales disfrazados de narrativas disruptivas o fuera de la línea; protagonizadas, casi siempre, por personas blancas.

Hace unas semanas hacía con unos compas el ejercicio de pensar en películas mexicanas en las que realmente pudiéramos vernos proyectadxs como personas morenas, hijxs de la clase trabajadora y que radicamos en provincia (ya no hablamos de representación en este punto porque entraríamos a una discusión todavía más compleja) y no fue sorpresa el hecho de que ninguno pudo mencionar más de una o dos. Fue algo así como la revelación de que somos una especie de espectro que sólo está, pero nunca se manifiesta, o por lo menos no del todo. Ese espectro que solamente flota en una mar lleno de historias mil veces contadas y replicadas; ese espectro que todo el tiempo observa, pero en el que no existe interés de ser observado.

Entonces entra en juego el conflicto de identidad al que podemos llegar como personas morenas, y es que tal parece que si nuestras historias no están envueltas en tragedias o en el recurso de shock que tanto han explotado con el único objetivo de llegar a festivales, entonces no vale la pena contarlas, pero sí podemos ver películas de dos horas sobre roadtrips cuyo destino es llegar a ningún lado, que se vuelven interesantes porque sus protagonistas son personas blancas de clase alta que huyen para reencontrarse a sí mismas.

Y cuando esas otras cintas existen en esta industria gigante (porque sí existen, aunque no lo parezca), tienen que hacer una lucha tremenda por visibilizarse. Guardo con particular cariño a una de ellas, Los insólitos peces gato (Claudia Sainte-Luce, 2014), donde la amistad y el vínculo que construyen Claudia, empleada de un supermercado, y Martha, madre de cuatro hijos, es piedra angular que resalta la belleza de la imperfección en la dinámica familiar, lo hago porque recuerdo que fue la primera película mexicana con la que realmente sentí una conexión hacia sus personajes, sus vivencias y sentires. Una familiaridad también con su entorno inmediato y el reconocimiento de su pertenencia, como en Los años azules (Sofía Gómez Córdova, 2017), un viaje introspectivo hacia la búsqueda de un propósito a través de la vida diaria de cinco jóvenes que comparten hogar en una casona destartalada, los cuales me trasladaron a mi propia vida universitaria, con miedos latentes sobre el futuro y la eterna duda de hacia dónde pertenezco.

En ambos casos, logré conectar de una forma más sincera porque varios de los personajes que aparecían en pantalla, además de ser morenos, se movían a través de dinámicas simples en sus relaciones; no había tragedias, ni puntos de shock, ni miradas inquisidoras que sólo buscan un beneficio, porque eran las realizadoras contando sus historias a través de sus propias experiencias.

Son además historias universales en contextos específicos, pero que se sienten propios, como la casa en ruinas y descuidada en la que viven los protagonistas en Los años azules, que, si bien tiene un propósito metafórico, también está construida de manera en que recuerda a un hogar conjunto que se comparte con compañerxs, con amigxs; donde surgen anécdotas que nos atraviesan de distintas formas y que se quedan con nosotros aún cuando el tiempo llega. No son escenarios americanizados y exagerados de lo que una experiencia universitaria debería ser, con luces neón, drogas a montones y vestuarios cuidados hasta el más mínimo detalle.

Por supuesto, creo que la magia que existe en eso que hacemos todos los días es tan digna de contarse como todo lo demás, más aún si esa cotidianidad resulta atravesada por nuestras propias vivencias en contextos en los que la blanquitud y la centralización son la norma aspiracional: de cierta forma, con eso también resistimos; con nuestros pesares, crisis existenciales, rutinas diarias, costumbres con los amigxs, minutos de silencio —y también los que más ruido hacen— las fiestas, las salidas y, en resumidas cuentas, las relaciones que forjamos en el camino y que nos llenan de fuerza para enfrentar a este mundo todos los días, ¿y no es ese un poco el punto?

Nota de la autora: Quiero agradecer aquí a mi amigo Alexandro por sus recomendaciones cinematográficas para completar esta reflexión.

Más de este tema: ¿Qué mundo deseamos? Manifiesto para cuestionar el raciclasismo en el audiovisual.

Elizabeth Citalán. Estudié comunicación porque disfruto mucho el cine en todas sus formas. Crecí con la cultura pop y ahora escribo sobre ella y las mujeres que la reapropian.

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